Política en Cuba

José Antonio Saco se queda sin argumentos

Por: José Gabriel Barrenechea

Justo a mediados del siglo XIX, en Ideas sobre la incorporación de Cuba en los Estados Unidos, José Antonio Saco se enfrentó a la corriente anexionista con contundentes argumentos demográficos y culturales. En caso de anexión Cuba sería inundada en pocos años por millones de americanos anglosajones, e inmigrantes europeos, que superarían aplastantemente en número a los pocos cientos de miles de habitantes blancos cubano-españoles. En ese contexto el poder político de los descendientes de españoles desaparecería por completo, y el ser nacional que por entonces solo daba sus primeros pasos, con conciencia de sí mismo, se desvanecería sin dejar casi rastros en la cultura norteña.

En esencia los argumentos de Saco se afincaban sobre las diferencias entre la cultura dominante americana, anglosajona y nórdica, y la cultura dominante cubana, española y latina. Estas diferencias aumentaron durante los años posteriores, hasta llegar a un máximo precisamente en 1898, para cuando en las Américas se había impuesto a un lado y otro del Río Bravo la idea de dos civilizaciones radicalmente distintas, y enfrentadas una a la otra. Diferencias incluso más marcadas en el caso de Cuba y los Estados Unidos por la inédita experiencia cubana de inclusión del negro, lo que ahondaba todavía más el abismo cultural ideológico entre la Isla y su vecino norteño.

Por lo tanto, nunca como en el momento en que Cuba se separó de España la argumentación anti-anexionista de Saco resultó más convincente, en un mundo en que el contraste irreductible entre dos civilizaciones americanas formaba parte del aire respirado. Esta atmósfera ideológica resultó letal para el proyecto anexionista, al vaciarlo de realidad para ambos lados del Estrecho de la Florida, y a su vez hizo viable la independencia cubana, contra la opinión mayoritaria hispanoamericana y europea, la cual daba por hecho que el esfuerzo de los cubanos para separarse de España sólo podría llevarlos a entregarle su Isla a los Estados Unidos.

El vaciamiento del proyecto anexionista, desde el lado cubano, se explicitó en el ensayo político Estudio Histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la Idea de la Anexión de la Isla de Cuba a los Estados Unidos de América, de José Ignacio Rodríguez, publicado en La Habana en 1900. En el largo párrafo que comienza en la página 6 y termina en la 8, se descubre la idea central de este libro fundamental de nuestra Historia:

Por lo que hace a la isla de Cuba, preciso es reconocer que el movimiento anexionista, se encontró siempre ligado con las aspiraciones levantadas de patriotismo cubano. Nadie entre los hijos de Cuba quiso nunca, que su patria se agregase a los Estados Unidos de América, por solo el gusto de cambiar de amo, para que fuese gobernada militarmente, como colonia, o posesión habitada por gente de raza y civilización inferior, a la que hay que enseñar el arte de gobernarse, e indigna de ser dejada a sus propios destinos hasta que no llegue a lo que el Presidente McKinley ha llamado, y apenas puede traducirse al castellano, “el nivel de bien conocido respeto propio, y de unidad confiante en sí misma”, que según él ponen a una comunidad ilustrada en aptitud para gobernarse sin tutores. Nadie creyó nunca, tampoco que la anexión de Cuba a los Estados Unidos de América podría jamás resultar, lo que le está resultando a Puerto Rico, a cuyos naturales se ha negado el carácter de ciudadanos de los Estados Unidos de América, sin más derechos que los que el Congreso federal, ha tenido o tenga a bien concederles. Los partidarios de la anexión creyeron siempre, y continúan creyendo, a pesar de todo, que por medio de aquella podría alcanzarse para su patria amada la mayor suma posible de dignidad, de libertad, y de grandeza material y moral…

Incluso un partidario de toda la vida de la idea anexionista tenía razones para sentirse desilusionado de las posibilidades de que, en ese momento, “su patria” amada sacara del anexionismo “la mayor suma posible de dignidad, de libertad, y de grandeza material y moral”, ya que para los tiempos del republicano McKinley y el progresista Teddy Roosevelt los Estados Unidos habían dejado por completo de verse como un proyecto universalista liberal, para encerrarse en los límites de una civilización racial. El Destino Manifiesto ya no era interpretado cual un proyecto político llamado a extender a todos los hombres los valores y principios liberales, interpretación que le había dado un norte político a los habaneros y camagüeyanos en la década de los 1840, sino cual la expansión inevitable por el Nuevo Mundo de una Nación habitada por individuos de la única raza supuestamente en capacidad de vivir según esos valores y principios: los blancos anglosajones. 

En consecuencia, las recién separadas de España Cuba y Puerto Rico, pobladas de negros, chinos, latinos y mestizos, no cabían dentro de esos límites estrechos. Solo podían aspirar a convertirse en dependencias coloniales, o neocoloniales, a las cuales en teoría había que educar para la civilización. Pero solo en teoría, porque como en lo concreto se partía de aceptar a las deficiencias cubanas y puertorriqueñas, cual debidas a un problema de incapacidad racial, irresoluble por tanto, en verdad esas formas de dependencia se asumían como algo a durar para siempre, o al menos hasta que el sustrato demográfico original desapareciera entre la población anglosajona arribante. 

Con la constatación por los cubanos de esa diferencia civilizatoria insalvable entre Cuba y los Estados Unidos, hacia 1900, el anexionismo quedará relegado hasta el presente a una corriente marginal, propia de arbitristas y no de políticos o intelectuales serios. Así se mantendrá hasta el presente, durante todo el tiempo en que los Estados Unidos se han podido ver a sí mismos como una civilización racial y culturalmente diferente de la cubana.

No obstante, al tiempo que en Cuba en 1959 una forma de nacionalismo radical llega al poder y se lanza a la realización de un proyecto quijotesco, cuyos penosos resultados resaltarán los estrechos límites del nacionalismo cubano, y su escasa conexión con la realidad material de la Isla, en los Estados Unidos se comienzan a dar cambios profundos en su composición demográfica y por tanto cultural. 

El movimiento por los Derechos Civiles; la reforma de inmigración de 1965, que eliminó la preferencia para los inmigrantes europeos y fue aprovechada por sobre todo por los latinos (aunque la reforma no tenía ese objetivo), en un mundo en el cual los viajes a larga distancia se volvieron más asequibles para los más pobres; y el posterior incremento demográfico más acelerado de las minorías que de la comunidad blanca anglosajona, habrán de cambiar profundamente a la sociedad americana. Si en 1960 los blancos anglosajones representaban más del 80% de la población total, hoy solo constituyen el 63%, mientras que para 2060 no serán más que un 44%. Por su parte los latinos pasarán del 18% que eran en 2015 al 29% en cuarenta años, para llegar a 119 millones y convertir a los Estados Unidos en el segundo país hispanohablante del planeta. Pero esa proporción entre blancos anglosajones e hispanos tenderá a igualarse todavía más a posteriori: ya en 2060 entre los menores de 18 años los latinos tendrán una proporción muy semejante a la de los anglos, de aproximadamente 33%-35% (los asiáticos constituirán un 10% y los negros autóctonos un 13% de la población total).

En Cuba, estancados en el mundo ideológico de 1960, sino de 1900, solemos pasar por alto que desde los sesenta del siglo XX los Estados Unidos han comenzado a perder la posibilidad de verse como una civilización racial, y que dado que su sociedad cada vez se parece más y más a la mestizada cubana el abismo civilizatorio entre los Estados Unidos y Cuba desaparece con relativa rapidez. Por otra parte, es también evidente que Cuba tiene hoy una población autóctona considerable, que de ninguna manera podría ser sobrepasada por alguna emigración americana. De hecho, hay una considerable comunidad cubana establecida en los Estados Unidos, con una influencia política en aquel país desproporcionadamente grande para su escaso tamaño. En cuanto a su cultura e idiosincrasia nacional, la cubana ha demostrado ser incluso lo suficientemente fuerte como para mantenerse vital dentro de esa comunidad exiliada, a pesar de sesenta años de una relación con su país de origen durante los cuales no han faltado los periodos de total desconexión. 

Para restarle aún mas importancia al supuesto peligro de perder nuestra cultura, idioma e idiosincrasia, argüido por Saco, tenemos además los resultados del experimento puertorriqueño. Una cultura muy semejante pero mucho menos desarrollada o autoconsciente que la cubana en 1898, y que no obstante ha resistido muy bien 122 años de relación colonial con los Estados Unidos. De todo lo cual podemos concluir que una cultura con cierto desarrollo y conciencia de sí misma, sostenida sobre una población autóctona lo suficientemente considerable para no poder ser superada por una posible inmigración, conservará su ser distintivo en caso de que el grupo nacional en cuestión se integre en una unidad política mayor.

Cabe afirmar que difícilmente nuestro ser nacional, nuestra idiosincrasia o cultura, desaparecerían en caso de Cuba entrar a formar parte de la Unión Americana como un estado más. Más bien por el contrario, lo más probable es que se reafirmen, como lo han hecho las particularidades de las muchas regiones culturales que al presente conforman los Estados Unidos. Nuestra cultura de hecho ganaría en el peso y densidad que a una cultura siempre le permite la prosperidad material, además de en los alcances imprescindibles para toda aquella que quiera alcanzar a aportar de sí lo más posible en el proceso de globalización cultural de la Humanidad. Proceso histórico inexorable en los albores de revoluciones tecnológicas tan sin comparación en el pasado humano como las de la Inteligencia Artificial y la Colonización del Sistema Solar.

A 170 años de haberse enunciado por José Antonio Saco sus argumentos contra la anexión, aunque todavía no han perdido de manera total su validez, si ya no tienen su contundencia de entonces, de 1900, o de 1960. Por el contrario, a la altura de este 2020 también comienzan a darse las condiciones para que el anexionismo salga de su marginalidad, para su regreso no como una política marginal o fantasiosa, en contraste de nuevo con el independentismo político. 

Solo que, de hacerlo, no lo hará desde la nueva derecha nacionalista que hoy se extiende por el mundo cual una paradójica, inconsecuente Internacional, sino desde el centro y la izquierda globalistas.

El asunto está en que toda derecha nacionalista cubana tiende por afinidad ideológica a aliarse a quienes en los Estados Unidos promueven hacerlos retroceder al viejo ideal de una civilización racial, y de paso reconvertirlos no en un proyecto universalista que propaga los principios y valores liberales, sino en una nación étnica encerrada en muros. Está claro que al apoyar tal intento de volver a las condiciones en los Estados Unidos que vaciaron de contenido al anexionismo la derecha no puede convertirse en la abanderada de su regreso. La derecha sólo puede ser plattista, que como dejara muy claro José Ignacio Rodríguez es la negación del anexionismo original (el plattismo implica subordinación, desequilibrio de derechos; el anexionismo unión en la simetría de derechos).

El nuevo anexionismo será un movimiento comprometido con los principios y valores liberales (no neoliberales), muy próximo a la propuesta de Gran Sociedad, de New Deal, que las nuevas generaciones americanas demuestran un alto interés en recuperar. Un movimiento popular a un lado y otro del Estrecho de la Florida. Aunque entre cubanos quizás con más arraigo en la Isla, dada cierta tendencia exiliar a desplazarse a la derecha y a ver a una Cuba en que no se vive como un coto reservado, e intocado, de nostalgias patrióticas, como una Meca para el peregrinaje, en que reafirmarse en lo que singulariza al exiliado cubano de los variopintos vecinos de la calle en que reside físicamente en los Estados Unidos.

De darse, el neo-anexionismo cubano tendrá un papel protagónico de primer orden en este siglo XXI. En el que los cubanos señalaremos el camino, ayudaremos a afinar los modos, acostumbraremos a las conciencias, en el proceso hacia la constitución de un proyecto político unificado de las Américas, África Subsahariana, Europa y Oceanía. 

Para los cubanos será quizás la única vía factible hacia vivir en una sociedad socialista democrática y desarrollada. Que como ya lo advertía Blas Roca en los años cuarenta del pasado siglo, en Cuba nunca podrá establecerse el socialismo a menos que antes lo haya hecho en los Estados Unidos. El que el “socialismo” de este estatista tuviera poco que ver con el verdadero Socialismo no le quita sentido a la idea, no obstante.

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