Política en Cuba

La maquinaria

Por: Julián 

 

“Prepárate, que aquí te vas a volver un cínico o te van a hacer mierda”

Esta frase, de El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura, se me quedó desde hace días en la mente. En estos días me he estado releyendo este libro, uno de mis favoritos, y no puedo evitar, al leer cada capítulo, pensar en el miedo. Y cómo no hacerlo, si la historia misma, básicamente, gira alrededor del miedo, alrededor de lo que el miedo le puede hacer a las personas, y a un país mismo.

La frase, que le expresa el antiguo jefe de redacción de la emisora baracoense a Iván, me hizo removerme, cuestionarme a mí mismo. Iván, tras sus defenestraciones en la Universidad a consecuencia de un relato y unos comentarios que para nada tenían que ver con el espíritu “revolucionario” que debía tener el Hombre Nuevo, es enviado a Baracoa a pasar su servicio social, al auténtico fin del mundo. Aunque aún hoy, muchos años después de rebasados los años más grises de nuestro pensamiento, persisten las defenestraciones, las caídas, como las llama Iván, para suerte mía no fui condenado a una Siberia tropical. No obstante, cargo a mis espaldas el pesado apelativo de “contrarrevolucionario”.

No fui exiliado al confín del mundo, tampoco perdí mi trabajo, ni fui removido a un puesto menor. En algo hemos avanzado, aparentemente. Puede que ahora los análisis ideológicos sean más leves —en algunos casos, claro está—, sin embargo, persisten aún, y como a Iván, te hacen retorcerte de miedo, arrepentirte de lo que hiciste e inevitablemente, pasado el punto del arrepentimiento, volverte un cínico.

Si a Iván un simple relato le valió un análisis con el director de la revista universitaria, a mí, un simple post en Facebook me valdría la visita a la dirección de la escuela en la que trabajo, y un análisis aparentemente amigable a puertas cerradas donde, en todo momento, “se me trató de ayudar”.

(…) Una nación donde los docentes y los médicos reciban menores remuneraciones que militares o policías, expresa en gran parte lo truncado de nuestro socialismo(…)

(…) Un gobierno que tema a una manifestación de jóvenes frente a un ministerio, y los trate de reducir a mercenarios y contrarrevolucionarios, nos dice la clase de gobernantes que tenemos(…)

(…) Hay una verdad que es inobjetable, esta Revolución necesita ser revolucionada, y la clase burocrática que se aferra al poder con su último aliento de vida, tiene que ser guillotinada políticamente(…)

(…) Una Revolución no esconde verdades, teme a unos jóvenes o infunde paranoias, una Revolución no se construye sobre una cacería de brujas, así no hará falta golpe blando alguno, así, y solo así, estaremos sepultando la Revolución(…)

Estos fragmentos, que rescato de un post eliminado, del post que casi me vale la excomulgación, fueron los que leyó el director de la escuela en la que trabajo tras su enorme buró, en la siempre gélida oficina, absorta —al parecer— a los perennes racionamientos energéticos de nuestro país. Tras ser leídos en alta voz, a puertas cerradas, y acompañados de mi jefe de departamento, con rostro sombrío comenzó a espetarme que en qué estaba pensando yo, que pese a estar amparado por el derecho a la libertad de expresión, yo era un profesor de Historia, y aquello era preocupante. Esto lo puede leer cualquier alumno profe, dónde queda su deber como profesor. Tras recordarme que, como profesor de Historia, yo tenía el deber de formar el espíritu revolucionario de las nuevas generaciones, me aseguró, o más bien, me prometió, que aquello no saldría de allí, y no habría represalias en mi contra. Al cruzar las puertas de su oficina, sin embargo, las miradas inquisidoras de quienes esperaban fuera, me aseguraron de que aquella reunión había trascendido mucho antes de efectuarse. 

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La falsa promesa del director se confirmó cuando una amiga militante del Partido en la escuela me expresó que mi “caso” había sido tema central en la última reunión del núcleo. 

Pasé a convertirme ya no solo en el profesor que desde sus primeros meses de trabajo había estado en contra del reglamento escolar, el profesor que había cuestionado que no se discutiera el presupuesto de la escuela con los trabajadores y el uso que se le daría a este. Ahora había pasado a ser un joven preocupante, un joven al que había que ayudar, un joven con problemas ideológicos. De profesor problemático y cuestionador, pasaba a ser la oveja negra del claustro profesoral. 

Como si aquella carga no bastase ya, mi padre, miembro del PCC y oficial del Ministerio del Interior, recibió la citación del jefe de la Contrainteligencia. Tan solo me puedo imaginar la vergüenza de mi padre, un hombre para el que la Revolución y el gobierno cubano no tienen mancha alguna, al escuchar al jefe de la CI decir que su hijo era el contrarrevolucionario más activo en las redes sociales en su provincia. Cada publicación, cada comentario realizado en las redes sociales estaba fichado en un file que aquel hombre mostró a mi padre. 

El miedo, ese miedo que deforma a las personas, ese miedo que una maquinaria alimentada de paranoia es capaz de generar, te aplasta con un peso implacable. El saber que eres vigilado, que cada comentario, cada publicación que hagas puede estar siendo revisada por el MININT, el gobierno, el Partido o la Seguridad del Estado, te hacen vivir en una paranoia asfixiante, un temor constante incluso a conectarte a Internet, a realizar una búsqueda en Google o reaccionar a una publicación en Facebook o Twitter. 

Personalmente, siempre dudé que Cuba fuese un Estado orwelliano. Hoy, después de haberse destrozado esta inocencia, después de haber vivido en carne propia lo que es ser aplastado por esa maquinaria paranoica capaz de destrozar familias, capaz de volverte una paria e igualarte con un adicto a las drogas —así me sentí yo en mi casa, aún hoy mis padres me preguntan qué hago con el móvil, temerosos de que publique algo más. 

Lo peor de todo es que la frase que cito al inicio es totalmente cierta, o te vuelves un cínico o te hacen mierda.

Por miedo a no poder mirar a mi papá a la cara, por miedo a perder mi trabajo, a tener la mancha imborrable de la contrarrevolución a cuestas, por miedo a volver a vivir las noches de desvelo y las otras en las que soñaba no haber escrito nada, en las que soñaba que mi madre nunca había llorado de miedo, por todo ese miedo que infunde la maquinaria paranoica del Estado, es que me he vuelto un cínico. Un cínico que reniega de su educación, de sus convicciones, un cínico que se vuelve peligrosamente un autómata complaciente, otro más, en este amplio coro de los que callan, en esta gran isla de cínicos. 

En algún lugar de Cuba, Julián. 

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