Política en Cuba

La pupila y la molestia

En la Cuba de hoy, o de ayer, nos encontramos con el programa televisivo La Pupila asombrada y la presentación de Celia Cruz. Magnífico.

Por: Miguel Alejandro Hayes

Si bien ante la ley los derechos nos deben igualar, para la subjetividad social no tiene que ser el caso. Ante ella, si de derecho se trata, no debe discriminarse, sino valorar a todos los sujetos de derecho por igual. Pero en el plano de lo moral, la jerarquización, la legitimidad, la capacidad, el desacuerdo, el pasado, lo simbólico, no lo son para todos por igual. Porque la desigualdad es también un derecho, dijo Marx. Es un derecho estudiar, por ejemplo, pero no lo es el ser premiado cuando no se cumplen las normas mínimas en dicha enseñanza. Se tiene derecho a las mismas normas, a las mismas reglas de juego, pero no al mismo resultado, aún habiéndolas cumplido.

Y es que un derecho puede insertarse en lo legal, pero el resultado de su ejercicio no tiene por qué contar con legitimidad social, o generar un consenso a su alrededor, o un rechazo unánime en determinado marco. Un disco de música puede tener curso legal y no vender nada; un partido político puede fundarse (donde sea legal) y su discurso ser rechazado (sin que se niegue su derecho a existir, ajustado a determinado consenso social).

También entre las dimensiones legales y lo moral (lo permitido) hay una delgada línea, cuyo debate se ubica en el plano de los contextos y de la ética, y trascienden este post. Sin embargo, se puede tener presente que el tratamiento a los derechos en lo legal no tiene que ser el mismo en lo moral. El primero tiene que generar inclusión; el segundo puede condenar (y su transgresión de la norma jurídica nos lleva nuevamente a un debate utilitario), excluir dentro de determinada legalidad, como puede ser, en determinado contexto, el expulsar a un estudiante que ha repetido un año n veces.

En la Cuba de hoy, o de ayer, nos encontramos con el programa televisivo La Pupila asombrada y la presentación de Celia Cruz. Magnífico. A determinada distancia, ese es el hecho: la televisión cubana muestra a Celia Cruz. Es un paso, ya sea para crear un precedente o para marcar el inicio real de una nueva discursividad en el orden de lo político en la televisión cubana. La libertad de expresión es un derecho, supongo.

¿Y la dimensión moral?

Resulta que la figura de Iroel Sánchez es, fuera de los marcos del oficialismo (que no es la oficialidad), digamos que no muy bien visto. Es la misma persona que acusa de mercenario casi a cualquiera; que cuando se impidió a jóvenes la entrada al parque del ministerio de comunicaciones, mientras a otros no los dejaron salir de sus casas, dijo públicamente que eso no había pasado; que un artículo suyo generó todo un aparataje en la tienda La Puntilla,  aun cuando era un tema que él desconocía, al punto que la posición y argumentos de ese articulo generó más de una respuesta coherente dentro de la academia de economistas, causando, incluso, burlas en el gremio. También fue la punta de lanza de una campaña contra La Joven Cuba, un medio cuyo principal pecado fue decidir que su línea editorial abandonara el mando del partido. Hablamos de un funcionario que tiene en su contra más de una anécdota de personas de palabra respetable, referidas a su etapa en el Instituto Cubano del Libro. (No estoy argumentando, solo describiendo). Y esta imagen la tienen muchos, aunque no sé cuantos (y es poco relevante su veracidad).

¿Cómo esperar que reaccionen quienes tienen ese reflejo al ver(le) presentar a Celia Cruz en LPA? Si alguien tiene fama (con base objetiva) de acusar de mercenario, de contrarrevolucionario, a otros, ¿cómo espera que se vea que su programa presente a Celia Cruz? La comunicación también está atravesada por la negociación. Pedir a esas personas (las que tienen esa imagen negativa) que reaccionen diferente, es imposición. Para ellos, la presencia de Sánchez en determinados espacios es un hecho que no aprueban, que no les gusta.

También destaca que pudo ser otro programa el que pusiera a Celia, por ejemplo. (Aconsejable). ¿Por qué LPA recibió la luz verde para ponerlo? Eso toca sensibilidades, gústele a quien le guste. Yo no soy el jefe de Sánchez ni dirijo nada en la televisión, pero sé, como puede saber cualquiera, que a la hora de emitir, un mensajero correcto también es importante.

¿Condenar al receptor de la televisión nacional es la respuesta de una parte del oficialismo y la oficialidad ante la crítica? Eso es lo que hacen las mentes de funcionarios (de medio básico). Si el público rechaza un mensaje, ¿el problema es el público? En buen marxismo, eso se llama enajenación. Convoco a disolver al público inconforme, digo, para que se sea coherente.

Volviendo al mensajero, ¿se olvidó que la misma persona que cuestionó la defensa de la música de Mike Porcel (sí, lo de siempre, los contra y los re), es el director del programa en donde se presenta a Celia? ¿Se olvidó que un mensaje también cuenta en su núcleo semantizador con el mensajero y el soporte? Porque no debe ignorarse que LPA es un programa que se mueve en un discurso de izquierda de hace alrededor de 40 años, es decir, ese hubiese sido el programa ideal para los jóvenes que hoy ya son abuelos. Eso también importa a la hora de emitir un mensaje.

Todos esos elementos condicionan en el receptor, que es un ser histórico (con pasado, memoria, aunque sea a corto plazo), una condena moral al hecho de que sea precisamente en el programa de Iroel Sánchez que se exhiba a Celia Cruz.

No es un favor, por cierto.

La pupila es un programa que se transmite en la televisión estatal, que, aunque de facto se subordine en última instancia al partido, debiera ser una televisión pública. Vaya, de todos. ¿O eso de que los medios socialistas son de todo el pueblo, no es así? ¿Para cuestionar su uso, entonces no es del pueblo, o hay un pueblo más pueblo que otro? ¿Por fin, es o no del pueblo? Así que también es válido que se cuestione el uso, o la persona que sale en los medios que, en teoría, son públicos.

En resumen, si de comunicación se trata, el ejercicio debe ser comprender la dinámica de la emisión y los condicionamientos del sujeto receptor (como mínimo).  Lo cual incluye el uso de la semiótica, la teoría del sujeto, entre otras herramientas, y no ejercicios de condena, o politiquería.

No fue ilegal lo ocurrido en LPA, pero sí fue algo condenado, moralmente, por algunos. Tal vez se pueda pensar en cuán éticos son algunos de los cuestionamientos, pero de lo que va este texto es de que es más que válida, moralmente hablando, la molestia generada por el programa de este jueves de LPA.

La Pupila Insomne y Celia Cruz

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