Política en Cuba

La revolución blanda

Por: Jorge Fernández Era 

El mitin de repudio ha vuelto, ya no solo en turbas que presumen de su solidez de principios mientras pisotean estos con gritos y cobardía, o en quienes se vuelven cómplices del oprobio al permitir e incentivar tales actos. Regresa con nuevos bríos cuatro décadas después de su encumbramiento, cuando miles de compatriotas fueron prácticamente expulsados de la tierra que los vio nacer.

El mitin de repudio vuelve por sus fueros también en ese cuarto de hora que le reserva el Noticiero Nacional de Televisión a Humberto López, exaltación moderna de los parametradores que en los años sesenta y setenta acusaron de contrarrevolucionarios a muchas voces diferentes, les destruyeron la vida o, en el mejor de los casos, los obligaron al ostracismo.

Qué triste que sea ese el “periodismo revolucionario” que se nos propone para defender a los ciudadanos del independiente, el que Humberto califica de “atractivo en sus planteamientos”, “alternativa menos repulsiva”, “aparentemente más conciliador”. ¿Es este el personaje escogido para explicar al pueblo —con tono que agrede, que es bullying puro— lo nocivo de consultar publicaciones que, en prueba irrefutable de cuánto se subestima la inteligencia colectiva, son censuradas por funcionarios que sí las leen y velan por nuestra “integridad”? ¿Es ético que “comunicadores” como este tengan la oportunidad de descalificar a todo el mundo sin ofrecer derecho a réplica a los aludidos?

No menciona Humberto que para callar a muchos de ellos se ha recurrido a métodos más cercanos al fascismo que a la ideología que decimos defender. ¿Puede algún revolucionario de acción y de pensamiento sentirse orgulloso de que sin orden judicial se le impida a alguien salir de su casa, impidiéndole el libre movimiento así porque sí? Yo vi (nadie me lo contó) a Carlos Manuel Álvarez —director de El Estornudo— y a sus padres enfrentarse resueltamente a un agente de la Seguridad del Estado con los argumentos que el otro no pudo esgrimir jamás, porque era la caricatura de lo que se pretende como contrapropuesta al “golpe blando” que han organizado —permítanme que me sonría— una veintena desde San Isidro y unos quinientos frente al Ministerio de Cultura, algo así como el 0,004 por ciento de la población. 

Lo “blando” es calificar a la reunión con los plantados del Mincult como “diálogo entre revolucionarios”, en atención a reclamaciones “legítimas”, para con posterioridad calificar de “confundidos” a los que estuvimos allí el 27 de noviembre. La ignominia es floja cuando llega al punto de borrar el audio de la transmisión televisiva sobre la participación en la protesta pacífica de intelectuales de la talla de Fernando Pérez y Jorge Perugorría.

La Revolución —ese concepto que nos arrebatan quienes lo enarbolan no como espíritu, sino como institución incólume y exenta de cualquier crítica— se hace blanda y manipulable cuando se califica como mercenaria a toda voz que disiente, cuando con el fantasma del financiamiento enemigo se combaten personas y no ideas, cuando oímos y leemos cual periodismo una sarta de consignas y falsas verdades presentadas como realidad.

Es contrarrevolución —de eso nunca hablará Humberto— sostener una Asamblea Nacional que no es capaz de discutir a camisa quitada —como sí se ha hecho en las redes— las más recientes medidas de choque (de choque, sí), y presentar como “gratuidades indebidas y subsidios excesivos” lo que enarbolamos un día como logros indiscutibles de un socialismo del que ya va quedando menos.

Humberto López busca homologar las discrepancias, hacer ver que la crítica es el paso previo al sabotaje y que la duda es bien cercana a la anexión. Si fuera consecuente con ese reduccionismo, debía agradecer a Trump —por su reciente calificación a Cuba como país alentador de terroristas— su vocación de alimentar el antimperialismo de los cubanos. 

Mi periodismo es independiente desde que los medios oficiales no dan cabida a textos cuestionadores de la sociedad, ni siquiera aquellos escritos desde el humor. Los he enviado al Granma, ese periódico que solo publica colaboraciones de quienes aplauden y acatan todo lo que venga de arriba. El silencio me ha sido dado por respuesta. He dicho que si mis artículos —y los de otros colegas que únicamente tienen cabida en medios alternativos como las redes sociales y las revistas independientes— coquetean con quienes buscan “revertir el proceso revolucionario”, qué mejor que desacreditarnos con la publicación de nuestros trabajos junto a los de “especialistas” que los rebatan.

Abogo no por la Revolución que humilla Humberto López en cada una de sus comparecencias, sino por la que me inculcaron mis padres: la de la honestidad, la del decoro, la de la ética, la de defender verdades por incómodas que sean, la de aprender a escuchar y estar dispuesto a discutir con quienes no las compartan. Y regreso siempre a Silvio: “Mi compromiso es sencillo, solo hay dos formas de estar: o bien cogiendo el martillo, o bien dejándose dar”.

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Autor

  • Periodista, escritor, editor y corrector. Perteneció al grupo humorístico Nos y Otros

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