Política en Cuba

Los 70 contra Tebas

Por: Julio Pernús

Dedicado a mis amigos de la Pastoral Juvenil

Este artículo lo he tratado de escribir y desescribir en mi mente muchas veces. Solo lo hago hoy, cuando sé que las noticias para los medios duran dos, tres, cuatro días cuando más, y luego se escapan evaporadas del discurso público: nadie se acuerda de su existencia. De seguro al leer este texto, pocos se acordarán de los nombres de los 70 firmantes de la carta, primero privada y luego filtradamente pública, pidiendo a la Conferencia Episcopal Cubana algún pronunciamiento con respecto a la ayuda humanitaria enviada desde los Estados Unidos.

Por no estar de acuerdo desde el principio con la estrategia política que guiaba todo lo relacionado con el cargamento enviado desde la otra orilla, no firmé la famosa carta, pues ese tipo de proyecto humanitario ya ha sido probado en otros escenarios con el mismo infeliz desenlace. Además, por mis lecturas históricas, no me parece acertado jugar con la desesperación social de los cubanos para pedirles hacer un Marielazo. La carga, según la línea otaoliana, había que buscarla en el puerto del Mariel, de lo que luego sacarían rédito político personas e instituciones cuyos intereses no eran tan humanitarios. Pero mucho menos he estado de acuerdo con la odisea sufrida por los jóvenes católicos firmantes del documento, una vez hecho público el mismo.  

Solo me atreví a teclear estas líneas cuando me llegaron vía redes sociales, también de forma personal, comentarios que consideraban unos aprovechados con aspiraciones políticas pagadas detrás de la firma a todos los involucrados en la construcción de la carta. Por supuesto, no puedo hablar por los 70, pero al escuchar ese tipo de discursos absolutistas se me remordió el estómago, como solía decirme un religioso amigo cuando no le gustaba algún artículo mío, pues considero unos valientes a los jóvenes de la Iglesia católica que estamparon su firma, su sí, en aquel papel. Como escribió Evelyn Beatrice Hallno estoy de acuerdo con lo que dicen, pero defendería con mi vida su derecho a decirlo.

El nombre que puse a este artículo de alguna forma es un reconocimiento al más joven de los católicos firmantes del documento, que es todo un artista. De seguro él ha oído hablar de la obra Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, una versión de la tragedia homónima de Esquilo, donde la fraternidad busca encontrar las herramientas para restablecer el orden puesto en riesgo por la injusticia. Su acción me recuerda la descripción del personaje de Edipo en la antigua Grecia. Un joven terco, valiente, perspicaz y desarraigado. Una y otra vez sufre presiones para abandonar sus pesquisas sobre quién mató al rey de Tebas (si en algo valoras tu vida, no investigues), pero persiste hasta encontrar la verdad, por dolorosa que sea.

Pese al miedo de verse involucrado junto a su familia, quizás en la obra más desafiante de su carrera, donde de pronto, por defender su criterio de la verdad podía ver esfumarse su sueño de representar un personaje famoso algún día ante miles de espectadores, mostró un valor inaudito para sus escasos años. Pudo enfrentar sus temores sin aceptar ponerse una máscara de mentiras. Con su actuación venció al surrealista mundo orwelliano y dibujó, en medio de la interrogante oscuridad, un paisaje.

Alguna vez todos nos hemos puesto un traje de cobarde para andar por la vida. Sé que me arropa demasiado, sobre todo cada vez que toco el teclado. Pero esa ropa parece no quedarle a la muchacha católica que se repetía como líder en las noticias vinculadas al desdeñable proceso epistolar. Al leer opiniones cuestionando la honestidad de su modo de proceder, solo he podido contestar que quizás su mayor error ha sido ver un horizonte cercano que, para varios cansados de soñar, no existe. Pero, de seguro, alguno de sus más férreos críticos son unos seudo-valientes, con la imaginación suficiente para participar de la guerra una vez esta terminó y luego decir soy un héroe. Solo quiero decir a la joven que el silencio muchas veces habla más alto que mil aplausos llenos de hipocresía. Y los reconocimientos, en ocasiones, sirven de muro para tapar la verdad, la espiritualidad y la libertad capaz de hacernos sentir con vida.  

Esto puede parecer una locura a los jóvenes católicos firmantes, pero su acierto más notable, en mi opinión, ha sido atreverse a cruzar con fe, en plena luz roja, todos sus miedos. Ustedes son una nueva generación eclesial. Les agradezco por ser artesanos de alas reciclables que, pese a no poder volar hoy, al menos, en medio de tanto miedo a despegar, intentan hacerlo. 

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