Política en Cuba

Militancia y nación

Consenso y democracia. 

Por: Ernesto Gutiérrez Leyva

 

Estaba el otro día revisando las redes, no sin cierto desgano, cuando encontré la publicación sobre un tuit o comentario de cierta personalidad haciendo un llamado a los empresarios de su país a no reabrir los negocios, porque la reactivación de la economía sin dudas ayudaría al candidato del oficialismo a reelegirse en la venidera contienda electoral por la presidencia de la nación.

No menciono el nombre de las personas implicadas, porque no quiero dar a entender que estas líneas van dirigidas a defender a una u otra de las partes implicadas en el hecho concreto, pero reproduzco la anécdota porque me dio qué pensar.

La presunta recuperación económica no sería beneficiosa solamente para la base electoral del rival político de quien hacía el comentario -que para como están las cosas, también podría tratarse de una fake news, motivo de más para no mencionar nombres-, sino para todo el país en su conjunto, es cierto, no a todos ni a todos por igual, pero sí al conjunto. No obstante, esa persona anteponía los intereses de su militancia a los de toda la nación. Considero este un precedente peligrosísimo, portador de la semilla de la autodestrucción que, por tanto, no debe prosperar.

La necesidad de la tolerancia y el disenso entre los diferentes grupos políticos en pugna, en aras de intereses superiores y comunes, puede verse reflejada en la historia de España en las postrimerías de la invasión napoleónica, y el arduo proceso de afianzamiento del estado liberal. Etapa que coincidió, además, con la última oleada independentista que terminaría expulsando a los ibéricos de la América continental: pues señor, resulta que conservadores y liberales dedicábanse a boicotearse mutuamente, comprometiendo seriamente la gobernabilidad del país.

Fue justamente la necesidad de sofocar un nuevo alzamiento liberal lo que impidió a Fernando VII enviar refuerzos a las colonias rebeldes, lo cual sin dudas facilitó la labor de los independentistas. Desde la perspectiva española, los resultados fueron nefastos: perdieron el Imperio, tanto liberales como conservadores; la Nación en su conjunto había sido derrotada.

Ante la evidente imposibilidad de que un grupo se impusiera definitivamente al otro, y la emergente necesidad de hacer frente común ante intereses de igual naturaleza, hubo que sentar las reglas del juego, vertebrar un pacto social que permitiera, en última instancia, una pacífica alternancia en el gobierno a ambas facciones. Este proceso tomó la mayor parte del siglo XIX español.

Hoy día, la propia dinámica sociopolítica impone una redefinición de la esencia y rol de las mencionadas fuerzas en pugna. En aquellas democracias más antiguas y estables, la estabilidad política originalmente alcanzada y la mayor o menor prosperidad económica, han ido cerrando brechas, limando asperezas, al punto de que no exista ya esa incómoda tolerancia de antaño –agonismo, así le llama Chantal Mouffe[1].

Superada la etapa en que la alternancia pacífica, amparada en cierta institucionalidad, se normalizó, es decir, pasó de ser excepción a regla, las propias élites en el poder, y quizás también las capas cultas de la sociedad, percibieron que la referida alternancia no podía implicar bruscos y constantes cambios de paradigma social, económico, político, etc., dada su evidente inviabilidad.

Tal conclusión, solo posible en un sistema político relativamente maduro, acompañado de una base económica que parecía seguir sus propias reglas, es lo que vendría a explicar por qué la nobleza europea abandonó su intención de restaurar el Antiguo Régimen y pasó a aburguesarse, o en el siglo siguiente el establishment británico, con nada más y nada menos que Winston Churchill a la cabeza, aceptase el modelo de estado de bienestar y keynesiano como nuevo paradigma. O que décadas más tarde sucediera el proceso inverso de la mano de Margaret Thatcher y de Reagan en USA.

O sea, Churchill no se dedicó a deshacer la obra del gobierno laborista de Clement Attlee, ni más tarde Blair hizo lo propio con la labor de la Dama de hierro o de Major, pudiendo encontrarse ejemplos similares en la política norteamericana o europea continental.

Independientemente de las directrices que cada grupo implementó en ocasión de gobernar, hubo una agenda nacional que se mantuvo. Hubo, si se quiere, continuidad. Miro entonces a América Latina, y veo cómo un cambio de gobierno suele implicar un drástico cambio de paradigma, o ni siquiera algo tan elevado filosóficamente hablando: el nuevo, se erige en “antigobierno” de su predecesor, en lugar de hacer el rol de “postgobierno”. En resumen: si cada administración se dedica a deshacer lo hecho por la anterior, por el mero hecho de ser obra de esta, la viabilidad del país como tal se compromete.

He ahí el nuevo rol que, a mi entender, debe tener hoy el pluralismo (manifiéstese mediante partidos, movimientos o de cualquier otra manera) y la alternancia: la competitividad y la posibilidad de sufrir un voto de castigo, hace más eficiente al gobernante de turno. A la vez que la efectiva materialización de la alternancia (esto es, cambio de gobierno, ya sea de tipo personal o de tendencia política), permite la llegada de una visión fresca, capaz de corregir vicios puntuales como la corrupción de la administración anterior (sin perjuicio de que esta no debe ser la única forma de controlar el buen manejo del erario) o cualquier otro propio de un estilo personalista desacertado.

Lo que intento decir se resume a cierta jocosidad que escuché una vez hablando de estos temas: “¿se imaginan que en la antigua China hubiera habido un cambio de gobierno y hubieran mandado a parar la construcción de la Gran Muralla, porque era una obra del gobierno anterior?”

La contradicción inherente a la pluralidad es imprescindible, pero debe mantenerse dentro de determinados cauces para no comprometer la viabilidad de la sociedad como tal.

Mientras escribo esto, no puedo evitar pensar en mi querida Cuba. Supuestamente en aras de la unidad, y mediante la tergiversación del pensamiento del mejor de los cubanos, se nos ha impuesto un modelo que cae cual lápida pesada sobre nuestra sociedad. El problema del actual diseño es que no es hijo del consenso (o si lo fue en algún momento, de eso hace ya mucho), ni permite la libre ventilación de las contradicciones presentes en nuestra sociedad. Es necesario que los cubanos nos moderemos independientemente de nuestra posición política o geográfica, y converjamos con lealtad hacia un mismo cauce, en el que todos quepamos. Para ello es necesario que algunos sepamos perdonar y otros sean consecuentes con su propio eslogan. Y empiecen a pensar como país.

[1] Mouffe Chantal, En torno a lo político. Fondo de cultura económica, Madrid, España, 2007.

 

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