Política en Cuba

Nasobuco falible

Por: Jorge Fernández Era
Se ha hablado en estos días de los «intentos de quebrar la identidad nacional en las redes sociales y las nuevas plataformas digitales de comunicación». Nada de las acciones que se hacen para impedirlo. Dicen muy poco de la solidez de argumentos de sus ejecutores, que no hacen más que legitimar a los que, desde la única posibilidad de manifestarse en internet, expresan sus puntos de vista sobre una realidad contradictoria y necesariamente cambiante.
Lejos de promover espacios de discusión, el Estado monopoliza los medios y ofrece visiones sesgadas del día a día del acontecer nacional. Mientras en Facebook se discutía sobre la censura al documental «Sueños al pairo» y la suspensión de la Muestra Joven del Icaic, en el Granma al musicólogo Oni Acosta («Novela anticubana, ¿nuevos capítulos?») le preocupaba que se pusiera en «descontexto de todo tipo los acontecimientos previos al éxodo de Mariel de 1980», como si el «contexto» justificara los abominables hechos que el mediometraje denuncia. Lejos de diseccionar conceptualmente el material de marras, el articulista ni se toma el trabajo —en el principal y casi único órgano de prensa de circulación nacional— de mencionar a Mike Porcel, convertido, en aras de una minimización escandalosa, en un «trovador cubano residente en Miami». Vaya, que a los nueve años de destierro interior a que se obligó al músico —imposición criminal en cualquier «contexto»—, Oni agrega el de la invisibilidad total. Tampoco menciona por su nombre a Luis Manuel Otero Alcántara, a quien acusa de «realizar performances usando vergonzosamente como trapo —y no como atuendo— a la bandera nacional, acción penada según las leyes cubanas». Cualquiera que lea la página completa que le otorga el Granma al musicólogo puede pensar que a Alcántara se le ha criticado ese despropósito en una Asamblea de Méritos y Deméritos, pues tampoco Oni alude a que el joven estaba preso, en espera de un «proceso judicial» que terminó ayer con su excarcelación.
Le preguntaría a Oni Acosta quiénes aportaron más a la «novela anticubana» de que habla: si Heberto Padilla o los que compulsaron, con su encarcelación y posterior «autocrítica», a la división de la izquierda intelectual latinoamericana de los setenta; si los parametrados o los parametradores de la era gris de la cultura cubana; si los que abogan por que no se repitan violaciones que no hablan a favor de un proyecto social humanista, o los que con censura y cárcel extirpan el derecho a la opinión.
Los fantasmas de 1980 están latentes. Lo demuestra el que algunos intelectuales y dirigentes del Ministerio de Cultura, ignorando el artículo primero de la Constitución recientemente aprobada —«Cuba es un Estado socialista de derecho y justicia social, democrático, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos como república unitaria e indivisible, fundada en el trabajo, la dignidad, el humanismo y la ética de sus ciudadanos para el disfrute de la libertad, la equidad, la igualdad, la solidaridad, el bienestar y la prosperidad individual y colectiva»—, clamen por una «Cuba sin Alcántara», haciendo un macabro parangón del «que se vayan» de la estampida del Mariel y del «que los fusilen» latente hasta nuestros días.
A ver si los adalides de la «limpieza ideológica» son consecuentes y salen a combatir en las redes al gobierno. Combatirlo por la chapucería de hacer viral un documental que en la Muestra Joven no hubiera pasado de algunos centenares de espectadores. Combatirlo por no castigar ejemplarmente esas acciones «penadas según las leyes cubanas» de Luis Manuel Otero Alcántara.
A ver qué han dicho de la utilización de la bandera en campañas oficiales, como aquella de los noventa en que la UJC salió del ostracismo para declararse cubana ciento por ciento con banderas en los más disímiles diseños y sobre los más variados artículos utilitarios; de colocar decenas —restándole valor en su multiplicidad— como «cortina rompeviento» frente a lo Oficina de Intereses norteamericana; de imprimir miles en papel para los desfiles del Primero de Mayo que luego son pisoteadas por los mismos que las enarbolan; de trastocarlas de símbolo a mercancía con precios en moneda convertible inaccesibles para los que la defienden.
El nasobuco que se le impone al debate, a la urgencia de cambiar todo lo que no quieren que sea cambiado, lleva implícito el virus de la inmovilidad, de la inercia, del estancamiento, y hace más ostentoso el absurdo de convocar a una «guerra digital» cuando no se tienen cartuchos ni para ganar la analógica.

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