Chema Madoz
Política en Cuba

No, no nos entendemos

Por: René Fidel González García

Si. Es cierto. No nos entendemos con los que quiso conjurar José Martí con la independencia de Cuba y Puerto Rico, con los que volvieron amarga en su propia tierra la dignidad de nuestros abuelos y el sueño de la República, con los que hicieron pagar cada derecho del ciudadano, de la mujer y el negro, del niño y el pobre con proporciones exactas de lágrimas y sangre, con los que usurpan aún un pedazo de la isla grande, con los que nos han bloqueado minuciosamente, con los que nos impusieron la agresión, el dolor y el hambre a cambio de nuestros sueños.

Pero no nos entendemos, es también cierto, con los que han hecho del carácter doblez, de la mentira elocuencia, del poder privilegios, de la cobardía virtud, de nuestros sueños un pretexto. No nos entendemos con los que nos dicen hasta el cansancio que, como son iguales que nosotros actúan y hacen en nuestro nombre, pero no viven igual que nosotros, ni sienten igual que nosotros, ni piensan igual que nosotros, ni padecen igual que nosotros, tal como nos advirtieron pasaba, siempre que era así, los antiguos republicanos que soñaron el bien común para todos y que, por eso, cuando buscaron un nombre para ellos mismos, se llamaron comunistas.

No nos entendemos con los que ganan salarios iguales a los nuestros, paupérrimos, pero golosos no pagan con ellos su comida diferente y abundante, el transporte de ir al trabajo, o al médico, ni la ropa o los zapatos de ellos, de sus esposas, o de sus hijos.

No nos entendemos con los que desde los autos climatizados y silentes – que les pagamos nosotros – nos ven hacer largas colas, apiñados, sudorosos, pululando a pie como hormigas con sed, y preparan una oferta de vacaciones de verano a la que ellos mismos no irán con sus familias y niños, porque la de ellos, de todos ellos, no es igual que la de nosotros, ni siquiera la pagan como nosotros.

No nos entendemos con los que construyen y venden una vivienda digna, pero escogen, o esperan que les asignen para vivir en ellas con sus familias pequeñas, casas de otra dignidad que además no construyen, ni pagan, ni reparan, ni amueblan, ni pintan.

No nos entendemos con los que extendieron la edad de retiro del machetero, del constructor, del minero, de la maestra, del campesino, del soldador, del médico y del chofer, y aún están dispuestos a seguir haciéndolo, porque nunca trabajaron bajo el sol despiadado, ni con la espalda doblada, ni con el sabor metálico y los riñones rotos, ni con la mirada agotada y las piernas hinchadas, o extenuados. ¿No les da vergüenza?

No nos entendemos con los que alevosos dieron salvoconducto plenos a la oferta y la demanda en las relaciones sociales para que atónitos pagáramos nosotros la codicia y el egoísmo nuevo, para quizás luego de distinta forma emerger (seguir siendo) distintos a nosotros, desiguales a (y con) nosotros; o con los que castigan por ocho años a no ver, a nunca más poder acariciar y besar los hijos, a los ancianos padres (no fuimos nosotros los que los colocamos en esa situación, fueron ustedes mismos, dicen bellacos e ilesos, cuando no son los suyos, mientras nosotros, miramos indolentes y por ahora también ilesos, aunque no podamos hacer nada cuando sean los nuestros), y aún medran y hacen del dolor, la distancia y la sensibilidad del patriota por volver a su tierra amada un trámite oneroso, leonino, caprichoso, mientras tú y yo…

No nos entendemos con los que infames han hecho de la obediencia y el silencio, del acatamiento del capricho como verdad, de la supina aceptación que así son las cosas, el punto perfecto de equilibrio del malabar de la obsecuencia en nuestros trabajos, en la vida política, con los que han hecho del pensar por sí propio, del defender al otro, del hablar, escribir y vivir, del hacer y soñar sin hipocresía, un duro peaje a pagar por el ciudadano.

No nos entendemos con los que quieren que no hagamos más que agradecerles por los derechos que nuestros padres, no ellos, conquistaron y descubrieron para hacernos a todos cada vez más libres, o por lo menos unas pizcas más felices, y no nos entendemos con ellos porque vivimos orgullosos por los derechos que escogimos y nos dimos y nos pertenecen, por los derechos que defendemos nosotros mismos, incluso, no pocas veces, a pesar de ellos, o contra ellos que, torpes, o serviles y malvados, los conculcan.

No nos entendemos con los que no nos perdonan por eso, aunque sabemos el por qué no lo hacen, ni lo harán nunca; no les pedimos indulgencia, de sobra entienden que no tratan con los tristes perros de Pavlov sino con ciudadanos, y que por ello tenemos la certeza que los derechos no son condicionales, mucho menos gratificaciones por buenas conductas.

No nos entendemos con los que asisten a la discusión de los derechos y garantías de una Constitución como si fueran a una fiesta de disfraces apuntada en la agenda y cuando se proclama, apenas al otro día, inaccesibles al pudor, cínicos, se quitan las máscaras para seguir haciendo de la arbitrariedad y la impunidad el recurso del método cotidiano contra el hombre o la mujer que se enamoró de tener derechos y garantías, del decoro de poder exigirlos en un Estado de Derecho y que se les respete.

No nos entendemos con los que su venal servicio público parecería ser callar la verdad, desfigurar la verdad, dejar de decir la verdad nuestra, seleccionar o preterir la verdad, aquella singular y muy personal, pero que nos atañe a todos, mientras se atiborran indolentes de las historias de vida de la injusticia, la desidia y la impotencia que cae sobre nosotros; porque lo hacen con dolo, porque lucran con ello es que sois cómplices, no meros cobardes. ¿No les da vergüenza?

No nos entendemos con los cazadores de la opinión honesta, con los que emboscan y pervierten la confianza y la sinceridad en tiempos que el peligro aumenta, con los que dan clases, evalúan y premian el oportunismo (en la vida conviene ser corcho y no diamante, magister dixit).

No nos entendemos con los que actúan por encima de la Ley, nuestra Ley, e intocables, por ahora, son protegidos y pronto aupados; con los que habiendo jurado solemnemente hacer cumplir la Ley, nuestra Ley, la ignoran en contenido, en forma, en plazos, cuando los denunciados no somos nosotros sino ellos, o sus acólitos, cuando los delincuentes no somos nosotros. Podemos entenderlo perfectamente, vuestra execrable raza se junta poderosa y en silencio cuando la decencia falta. ¿Es ese vuestro ideal de la belleza? ¿el que nos ofrecen? ¿No les da vergüenza?

No nos entendemos con los que arteros, están dispuestos a ¨hacer lo que sea necesario¨, porque sabemos que el perfil del valor no es el de la impunidad, que el perfil del coraje no es el de la bravuconería del cobarde, que el perfil de la ética no es el abuso, que el perfil de las ideas y la razón no es el de las consignas vacías e insulsas, que el delineado rostro de la integridad no es el de la simulación, y porque entendemos que, de ese declive ético, a través de ese miedo atroz a la terquedad del ciudadano que cree en la justicia para todos, volverá más temprano que tarde la infamia, el crimen y la corrupción a maldecir nuestra tierra.

No nos entendemos con los que iracundos nos temen y odian, y nos hacen daño porque profesamos la sencilla idea de la Constitución y la hermosa realidad de un Estado de Derecho por todos, para todos, con todos, porque en la tierra yerma de sesenta años de indigencia constitucional cultivamos en sus propias narices para el Socialismo y su (nuestra) promesa de democracia y para la dignidad plena a una nueva generación ciudadana que hace ahora sus aprendizajes y a la que no podrán, como antes, ni nunca más completamente defraudar ni desaminar con el silencio que hacen a sus ejercicios de derechos y libertades, ni cooptar y seducir con prebendas, ni hacer callar con prohibiciones y miedos, ni vencer con vuestros enormes ejercicios de soberbia, de mediocridad, de irrespeto, de espantosa inconsecuencia y traición con lo que enarbolan como sagrado y que es, para nosotros, realmente sagrado. ¿No les da vergüenza?

No, no nos entendemos, porque tenemos una sola vida y no queremos en ella sentir vergüenza de nosotros mismos, o tan solo por esa, para ustedes insoportable, condición de ser libres.

Para contactar con el autor: renefidel1973@gmail.com

Tomado de La Joven Cuba

4 Comentarios

    • Hayes Martinez

      Lo convencional sería unas palabras. Pero este comentario transmite mucho, al menos cumple su intención comunicativa.
      Yo al menos, mientras leía, casi suscribia cada línea del amigo René Fidel.
      Gracias por su apoyo. Saludos

    • Pablo Dussac

      Tremendamente identificado con tales ideas, no existe la transparencia gubernamental, por lo tanto, tampoco la sensibilidad humana con este pueblo, como si fuéramos hormigas, ignorando, ellos, que ni por mil truquitos salariales, por poner un ejemplo, los jóvenes revolucionarios desviarán su lucha… No tenemos precio, solo hay una vida, y vale más que 1000 pesos.

    • Hayes Martinez

      Gracias Pablo. Supe de este texto de René antes de que se publicara. Cuando me comentó, lo primero que pensé fue en leerle un poema tuyo. Evidentemente, había un cierta conexión y una similitud de discurso entre ustedes. Un abrazo camarada.
      Pd: El salario, el salario. Debemos debatir de eso!

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