Política en Cuba

Perder la sensatez

Por: Hiram H. Castro

¿Cuba es un país totalitario? ¿El gobierno cubano es una dictadura? 

Son preguntas que merecen una respuesta más extensa de la que puedo dar aquí y ahora. También son recurrentes y, sobre todo, importantes para llegar a consensos conceptuales y éticas mínimas. Últimamente discutimos mucho con los “intelectuales policíacos”, pero menos entre un nosotros difamados por un Ellos. 

Lo primero es que totalitarismo y dictadura son conceptos políticos que hay que explicar y no presuponer. Por lo general, con respecto a Cuba, son etiquetas que se lanzan como agravios. Operar así es hacer lo mismo que hacen “los policíacos” cuando nos etiquetan de liberales o socioliberales sin explicar en qué lugar de lo que decimos se insertan esas lógicas y tradiciones. En rigor, habría que citar a los que usan esos conceptos más allá de la intención del insulto, leer sus argumentos y ripostarlos o aceptarlos. 

En corto, siguiendo a Hannah Arendt, el concepto “totalitarismo” implicaría que todas las difamaciones, linchamientos, manotazos, irrespeto a la presunción de inocencia, regulación al derecho de movilidad de personas sin procesos legales abiertos, irregularidades en el debido proceso y habeas corpus, irrespeto de la correspondencia personal, apropiación no pluralista de los medios públicos, supresiones a la libertad de creación y expresión, serían perfectamente legales de acuerdo a nuestra Constitución. No es así. De hecho, constitucionalistas como Julio Fernández Estrada y René Fidel González son de los más estrictos conocedores y defensores de la aplicación rigurosa de la Constitución cubana. Lo que muchos estamos exigiendo es que Ellos cumplan lo que están obligados a hacer cumplir por ser el mandato de los ciudadanos. Esto no quiere decir que nuestra Constitución sea la más avanzada del mundo, ni lo contrario. Ambas frases son etiquetas. Habría que ver en qué comparada con cuál. 

De ninguna manera la sociedad cubana está encuadrada en una única forma de pensar (o no es muy distinta a otras en ese sentido). El gobierno cubano tolera las opiniones. Tiene un centro de la opinión para acopiar las críticas y muchas veces actúa en consecuencia y cambia precios y hasta políticas. Su preocupación —lo que los pone inquietos como ahora— es que los ciudadanos se organicen con otros para ejercer presiones. Con todo, no es delito articularse porque Cuba no es un país totalitario. 

Decir “dictadura” trae otros problemas desde el punto de vista teórico y práctico. El término ha devenido artefacto para ser lanzado contra todo enemigo político. En AL casi todos los presidentes —incluso los más votados en las urnas de las democracias competitivas— son llamados dictadores por sus adversarios. Además, tiene en este continente un contenido histórico demasiado tétrico como para ser usado a la ligera. Que no te dejen salir de tu casa está mal, los actos de repudio son espantosos, el manotazo mal y lo que pasó al interior de esa guagua peor. Pero Pinochet y Videla son otra cosa. No se puede perder la sensatez. ¿El sistema político cubano es autoritario? Está claro que Sí. Pero, como diría Lennon, no es el único. Aunque gana de vez en cuando sus campeonatos. En todo caso, la misma tolerancia universal que le exigimos al gobierno cubano con las expresiones intelectuales deberíamos exigírsela a ciertos opositores que discursan, sin matices, sobre el “gobierno más pérfido del mundo”. Pero esa es una “batalla de ideas” donde no pinta nada la policía. 

Por otro lado, y en esto quiero ser enfático, el medio de comunicación que acuda a esas etiquetas se descarta como interlocutor válido. Deja de ser un medio de información para convertirse en un actor político o panfleto. El lenguaje polarizante y el negativismo no son los recursos de una prensa seria. En mi opinión, la forma en que desde los medios estatales están contendiendo con la prensa alternativa (toda ella sin distinguir) es inmoral e ilegal, pero no significa que no reconozca que mucha de esa prensa es panfletaria 

Por último, una autocrítica. Estamos discutiendo demasiado con los “intelectuales policíacos”. Nos estamos desgastando en el dime que te diré, que es su campo de batalla y no el nuestro. Estamos, como dice una amiga, discutiendo las cosas de los amos y no nuestras propias cosas. En este caso sería, por ejemplo, debatir la necesidad de una ley de medios. Una ley que haga público los medios estatales. Una ley que permita que medios privados y comunitarios brinden un servicio de información pública. Una ley que refute que todo lo que no diga el Granma es mentira o delito. Cuando así sea, esas preguntas serán menos recurrentes y ganaremos todos una mejor información para el bien de todos.

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