Política en Cuba

La fe vs. la entropía ambiental

período especial en tiempos de pandemia.

Por: Julio Pernús

En la última novela de Leonardo Padura, Polvo en el Viento, uno de sus personajes principales, Irving, utiliza el nombre de entropía ambiental para referirse al Período Especial. Un concepto que, según el personaje literario del padre de Mario Conde, los cubanos asociamos con calor, oscuridad, hambre y pérdida de la noción del futuro. Agregaría que también con el desgarramiento familiar, fruto de una balsera migración. 

Durante la etapa más cruda de esa crisis económica especial, que mordió con fuerza la humanidad de muchos cubanos en la década del 90, yo aún era un niño. Pero sus fantasmas de desabastecimiento parecen correr tras mis pasos. También recuerdo que mientras iniciaba la universidad, por el año 2008, desde el discurso oficial se decía que entrábamos en una nueva etapa que se podía conocer como período especial en tiempos de paz. Para muchos, el mismo contexto existencial con un nuevo capitán. A diferencia de que al menos se notaba mejoría, menos ahogo. 

Ahora junto a varios amigos, al intentar buscarle un nombre a estos desabastecidos momentos actuales, se nos ocurrió el de período especial en tiempos de pandemia.  Aunque sigo prefiriendo la original entropía paduriana, pues nuestro concepto, poco original, parece ser también parte de esa cultura de continuidad. 

Me preocupa que el endémico insilio que, según Eliseo Alberto Diego en su libro Dos cubalibres, es un exilio interior donde el ciudadano inconforme o sofocado marca sus propios límites y entre ellos vive al margen de su realidad, sobrevive sin futuralidad, siga siendo el tatuaje de nuestra juventud. De no llegar pronto algún milagro social –esperada unificación monetaria junto a la necesaria reforma económica, pérdida de Donald Trump en las elecciones en Estados Unidos–, auguro que terminará esa migración por goteo, característica nacional de los últimos veinte años, de la que han hablado algunos escritores del exilio cubano como Enrique del Risco, y comenzará una migración a chorros. Lo peor es que, siguiendo el hilo narrativo de Polvo en el Viento, muchos clanes de familiares (amigos) que sobrevivimos con un tilín de esperanza en algún horizonte distinto para nuestro proyecto de vida, empezamos a sentirnos como el espejo de una frustrada generación anterior. Y al no ver como tangibles muchas promesas, la salida, como sea y para donde sea, viene que se mata, como dicen en la calle.

En los bajos de mi casa en Guanabacoa viven 8 personas en un cuarto. Uno de ellos, un año mayor que el autor de este texto, conocido por sus amigos como Chacumbele, suele ir a cazar cada dos días las colas de refresco gaseado que vende una pipa en un parque infantil, a dos cuadras de nuestro edificio. Hace poco le pregunté: Chacú, ¿por qué pasas de 4 a 5 horas para comprar ese líquido gaseado que no alimenta? Y él, siempre risueño, me contestó: Julio, ese es el desayuno de los 5 adultos que vivimos en la casa, pues la leche y los panes de la cuota son sagrados para los tres niños. No tiene hijos, ni piensa tenerlos.  A veces entiendo el porqué. 

En los años 90, ante las carestías, las iglesias se llenaron. Surgieron organizaciones benéficas, como Cáritas Cuba, que lograron insuflar el necesario componente espiritual a la gente y colaborar en algo con el material.  La Iglesia desea acompañar al pueblo, caminar con él. Pero se debe comprender, cuando algunos le reclaman mayor ayuda tangible, que es un contexto económico distinto al de 30 años atrás.

Además del hecho de que el problema real no puede resolverlo una sola institución. Qué alegría si pudiésemos poner en práctica el concepto de Amistad Social del Papa Francisco, en el que se requiere una unión visceral de cada uno de los actores de la sociedad civil dejando atrás cualquier ideología excluyente. Como escribió Lichy: (…) todo lo que el cubano toca de corazón lo convierte en Isla. Ojalá los decisores puedan tocar de corazón esta disecada situación ambiental y dar algún golpe de trasformación económica en la mesa. Lo necesitamos, para no seguir poniendo a combatir perennemente nuestra Fe social vs. la Entropía Ambiental.  

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