Política en Cuba

Un secreto a voces

Por: Smerdiakov

No firmo este artículo con mi nombre. Los que me conocen reconocerán inmediatamente mi historia, que ni siquiera es trágica (más bien contiene algo ridículo, que no sé definir bien). Puede contarse en unas líneas. Fui al Parque Trillo: como era de esperarse, el “diálogo sincero entre revolucionarios” sobre lo que estaba sucediendo no mencionó la huelga de hambre, ni los reclamos frente al Ministerio de Cultura, ni el incidente del gas pimienta, ni el corte de internet, ni las detenciones arbitrarias. Pedí un micrófono a los organizadores, para hablar del tema del que se había prometido hablar. Naturalmente, no me lo dieron. El imbécil de turno en ese momento en el micrófono gritó que aquello había sido absolutamente espontáneo, y el público, que había sido movilizado mediante guaguas institucionales se aplaudió a sí mismo. Me sentí avergonzado por mi propia cobardía, me separé de las personas con las que andaba y grité que aquello no era espontáneo. Unos segundos después un agente de la seguridad del estado vestido de civil me llevó agarrado hasta las afueras del parque. Le pedí que me soltara. Me soltó y empezaron a lloverme preguntas. Me rodearon otros agentes: para eso les pagaban, supongo. Se acercaron las personas que andaban conmigo. A todo el que preguntó por mí le anotaron el número del carnet de identidad. Algunos organizadores del evento se acercaron y me “rescataron”, es decir, se ofrecieron como intermediarios para que no me llevaran para la estación de policía. Era gente con la que andaba cuando yo era presidente de la FEU. No pasó más nada. Es decir, algunas personas me culparon por sabotear su “iniciativa revolucionaria”. El nivel de enajenación (o de oportunismo) de alguien que se niega a aceptar que en Cuba se está frenando la libertad de expresión, justo cuando alguien ha sido detenido frente a él solo por gritar que una cosa “no ha sido espontánea”, roza lo risible. Ese es el fin de la historia.

Estuve tentado a escribir un texto breve que la contara, porque me pareció una prueba óptima de la hipocresía del sector juvenil pretendidamente “revolucionario”. Esos revolucionarios que apoyan la apertura al sector privado, pero a los que no les importan las detenciones arbitrarias ni las censuras. Esos revolucionarios que facilitan el tránsito de un socialismo soviético en ruinas a un capitalismo totalitario, con el cual saldrían beneficiados. Esos revolucionarios a los que no les han importado el manejo de la economía por una élite desentendida de los intereses de la gente, porque a fin de cuentas, viven en las zonas donde más abastecen las tiendas en moneda nacional (en contraste con la desolación de las provincias, o de otras zonas de La Habana), y donde han empezado las vacunaciones, pese a no ser las zonas más densamente pobladas ni las que se han visto más afectadas por la pandemia. Mi vergüenza personal por haber defendido al gobierno durante años desde una situación de privilegio no se iba arreglar con un texto, pero al menos mi diminuta y ridícula anécdota podría servir para algo, al menos podría servir para que algunas personas (las que creyeran en mi palabra) abrieran los ojos. Al final no conté la historia en ningún texto, aunque me vi obligado a hacer referencia a ella en un par de comentarios en las redes sociales. No conté la historia porque mis familiares no estaban enterados de lo que pasó en el Parque Trillo, iba a traerme problemas domésticos graves, y tal vez laborales, así que me callé. Mandé un par de cartas extensas y dolorosas a amigos que sentí que me habían traicionado, y luego esos amigos me llamaron públicamente una persona que “obviamente había perdido la cabeza”.

Ayer detuvieron a L., un estudiante universitario con el que he intercambiado algunas palabras en las redes sociales, por llevar un cartel que decía “Socialismo sí, represión no”. L. no tuvo un amigo o un conocido que lo rescatara en ese momento y pasó la noche en una estación policial. No estaba pagado por los Estados Unidos, no quería una intervención militar (Humberto, ese infame pedazo de mierda, ha convencido a la generación de mis padres y de mis abuelos que toda la oposición cubana está pidiendo una intervención militar), quería socialismo (probablemente mucho más de lo que lo quieren los hijos de dirigentes), fue apresado de manera arbitraria. El objetivo de estas detenciones está en desestimular las protestas. Quienes orquestan las detenciones saben que los detenidos tienen familias, saben que los detenidos estudian o trabajan, y saben que al final “nadie quiere marcarse”, nadie quiere “buscarse problemas”. Apuestan por nuestra capacidad para quedarnos callados. Siento vergüenza todos los días por no hacer más, por no salir a la calle con un cartel. Ahora entiendo cuánta gente habrá en la misma situación. Compartimos publicaciones en nuestras redes sociales, cuanto más, pero no nos atrevemos a salir a la calle, porque hemos visto arder la casa del vecino, o nuestra propia casa. Si el gobierno no ha visto calles llenas de manifestantes no ha sido por otra cosa que por el miedo, por la intimidación, en múltiples niveles.

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He visto algunos defensores del gobierno utilizar el argumento de “la oposición es cobarde, solo protesta en redes sociales”. Bueno, el motivo es ese, mis queridos camaradas: que si protestas, segundos después, antes de que nadie pueda unirse, te sacarán de la vista pública, como me hicieron a mí, y como le hicieron a L. Cercarán las calles, crearan manifestaciones artificiales para silenciar lo que grites (las llamadas “brigadas de respuesta rápida”), pondrán bocinas con música de Buena Fe, y hablarán en la televisión sobre cualquier otro tema, como si nada hubiera ocurrido. La lección es la siguiente: tú no existes. Te llamaré cobarde hasta que salgas a la calle, y te sacaré de la calle a la fuerza y te llamaré cobarde hasta que te defiendas, y cuando te defiendas te llamaré delincuente. La vida sigue, no lo intentes. No te sacrifiques para que la prensa independiente y los activistas se beneficien a la larga. Hay otras cosas por las que preocuparse.

Pero la situación social de Cuba hace que sea prácticamente imposible no preocuparse a diario. Enajenarse de la metedura de pata pantagruélica de la inversión hotelera, enajenarse de la gran estafa de los pesos convertibles y de las tiendas en dólares sin que sea legal comprar dólares, enajenarse del desastre agrícola, enajenarse de las personas que se han quedado sin medicamentos, enajenarse de los edificios que literalmente sea caen, enajenarse de las colas, enajenarse de la voz insoportable y omnipresente que dice mentiras en la televisión, enajenarse de la corrupción, enajenarse de un servicio militar innecesario (que propusieron que se extendiera a las mujeres), enajenarse de la falta de trabajo, enajenarse de la mediocridad, enajenarse de la vejez y la muerte, ya no son opciones disponibles, incluso si uno las deseara. El gobierno está desesperado porque se encuentra en una situación inédita: sabe cómo intimidar a personas aisladas, cómo manipular la vista pública, cómo jugar con los intereses personales. Pero no sabe cómo intimidar a multitudes, ni sabe cómo intimidar a personas sin nada que perder. El gobierno carece de carisma, de inteligencia y de recursos. Tengo miedo de que, viéndose acorralado, se atreva a usar la violencia que no ha usado nunca, y eso solo provoque una violencia y un caos mucho mayor.

Yo muy bien que hay intereses en los Estados Unidos que saldrían ganando con la violencia y el caos, y también intereses dentro de Cuba, pero en última instancia, la responsabilidad por esa violencia seguirá siendo del gobierno. Es una situación semejante a lo que sucede con los derechos humanos: está claro que se usan como una excusa para mantener el bloqueo, pero el gobierno es el que decide cada año seguirlos pisoteando, aún si eso significa volver más difícil el levantamiento del bloqueo. El gobierno es el que prefiere cada año conservar su autoridad antes que hacer todo lo posible por mejorar la vida de la gente. Nada que disminuya su autoridad se negocia. Todo se negocia, incluso las medidas que antes habrían sido consideradas desleales: el uso de semillas genéticamente modificadas, la dolarización, la apertura a la propiedad privada y al capital extranjero, lo que no se negocia es la autoridad política, disfrazada de soberanía. Es un secreto a voces. Todos lo saben. Los gobernantes lo saben. Aquí, cobardemente, sin usar mi nombre siquiera, pido al gobierno cubano prevenir un baño de sangre.

3 Comments

  • jorgito

    muy buen artículo , cuanta verdad , en lo personal me identifico con todo, desgraciadamente , no vivimos solos y muchas veces tener ganas de salir a la calle no es una opción , pues no estarías pensando en el trabajo ,ni en la familia , ponerlos en peligro por algo que seguramente no tendrá mucho seguimiento, y que la mayoria ni siquiera sabrá que ocurrió

  • Piotr Reclus

    Mi amigo y yo estuvimos ahi cuando paso eso. Fuimos a la Tangana con tal de evitar la represion, ilusos nosotros de pensar que hariamos la diferencia, pero puedes estar seguro que si hubiesemos visto alguna intencion mas alla de lo que sucedio, nos hubieramos entrometido!
    Saludos

  • kevin

    “Smerdiakov”, yo fui testigo cobarde del intento por parte de los agentes y de tus supuestos amigos de silenciarlo. Aunque nos acercamos hacia donde ustedes se encontraban, nos limitamos a observar aún viendo como se cometía una terrible injusticia contra usted y una violación de sus derechos. Contar su historia aquí ha sido un acto muy valiente, y entiendo que quiera ocultar su identidad. Solo decirle que lo admiro tremendamente y lamento a día de hoy, y ahora más después de leer su texto, no haberlo defendido ante acto tan cruel y despiadado. Saludos cordiales

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