Política en Cuba

La comodidad de esperar por San Isidro

Por: Smerdiakov

Hay un grupo de personas que se ha negado rotundamente a la posibilidad de que las imágenes e informaciones del NTV sobre Alcántara sean ciertas, o incluso parcialmente ciertas. La desfachatez con la que se ha manipulado antes la información en este espacio sin duda puede respaldar cualquier sospecha que se tenga en el presente, no lo dudo. No obstante, asumir que absolutamente todo constituye una farsa, sin otra prueba que “si se ha mentido antes de seguro también se está mintiendo ahora”, me parece un error grave por varias razones. En primer lugar, porque legitima el argumento del propio NTV, según el cual se puede demostrar la falsedad de una idea o una noticia apelando a la supuesta inmoralidad de quien la dice. En incontables ocasiones la oficialidad no ha desmentido en sí una información, solo se ha limitado a exponer otras ocasiones en las cuales cierto medio de la oposición haya mentido o falseado, y ha dicho: “hay que ser muy ingenuo para creerle a esta gente”. Pues bien, no creo que se deba utilizar jamás el argumento de que “hay que ser muy ingenuo para creerle a esta gente” como prueba suficiente como para negar algo dicho por el NTV. Es sabio dudar si lo que dice el NTV es cierto, pero si se niega de antemano cualquier información que contradiga nuestros deseos, nos estamos llevando por un camino de ceguera y estupidez. No estoy legitimando al NTV, ni mucho menos a los escabrosos procedimientos de la seguridad del estado, sobre los cuales sí ya no hay ninguna duda, estoy llamando la atención acerca de un facilismo en el que se está cayendo, sin que nadie al parecer se alarme.

La otra razón por la que asumir ciegamente que el NTV miente en cuanto todo me parece un error se deriva de la primera. Creo que lo que motiva a tantas personas a no solo creer en el Movimiento San Isidro, y específicamente en Alcántara, sino a rechazar de antemano cualquier información que contradiga su imagen de pureza y sacrificio patriótico, radica en que llegados a un punto, la verdad nacional ha sido simbólicamente reducida a la verdad de la huelga de hambre. Después de todas las campañas, de todas las voces enardecidas, casi pareciera que si por alguna razón la huelga de Alcántara fuera falsa, o parcialmente falsa, todo lo demás también lo sería. Simbólicamente, la oposición se ha conducido a sí misma a un sitio en el cual si la huelga fuera falsa, también la represión lo sería, la crisis alimentaria lo sería, la pobreza y la degradación lo serían. Por tanto, según esta lógica, la huelga no puede ser falsa, debemos aferrarnos a la necesidad histórica de que sea cierta, debemos hundirnos con el barco, hasta las últimas consecuencias. Reitero que no estoy negando que la huelga sea cierta. Lo que estoy criticando es la dependencia peligrosa a la verdad de la huelga. Incluso si la huelga es falsa, las detenciones arbitrarias son ciertas, la crisis alimentaria es cierta, la pobreza y la degradación son ciertas. Este punto me parece mucho más importante que dedicarse a buscar fallos que puedan revelar las manipulaciones cinematográficas del NTV. Sin embargo, creo que la tendencia es hacer esto último. Una sospecha bastante triste podría explicarla: es más fácil sentarse cómodamente a esperar que Alcántara muera, o que el barrio de San Isidro se lance a la calle de forma masiva, que sumarse a la acción de algún modo. La reducción simbólica de Cuba en San Isidro y de “cada cubano” en Alcántara ha sido popular, en parte, porque es en extremo conveniente, una vez que nos reduce a meros espectadores, sin hacernos sentir culpables.

De una u otra forma, nos hemos sentado a esperar que Alcántara muera. La huelga de hambre no sería necesaria si suficientes personas salieran a la calle a protestar para que le regresen sus obras y para que cesen las detenciones arbitrarias. Sin embargo, las miles de personas en La Habana que le demuestran su apoyo en redes sociales se quedan en sus casas, y le depositan su responsabilidad como ciudadanos, ponen el peso sobre sus hombros. Corrijo: nos quedamos en nuestras casas (y escribimos artículos sin atrevernos a firmar con nuestros nombres, por las razones que sean, dicho sea de paso). Este sistema “bancario” de depositar la responsabilidad ciudadana propia en alguien más tiene el terrible defecto de que solo haya dos soluciones posibles: el huelguista muere, o el huelguista no muere. Hasta que no muera Alcántara, nadie saldrá a la calle, o nadie protestará más allá de publicar algo en sus redes sociales. Y si Alcántara no muere (o se prueba que su huelga es falsa o parcialmente falsa), no habrá movilización ninguna.

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He hablado quizás de forma general, y he sido por tanto injusto: algunas personas sí han salido a calle a protestar, y han sido detenidas, entre ellas un estudiante universitario que salió con un cartel a favor del socialismo y contra la represión. No salimos a la calle porque ya el gobierno ha dejado claro que pasa si alguien sale a la calle. La única forma de protección que pueden tener los manifestantes es su masividad, como sucedió el 27 de noviembre de 2020 (la falta de masividad fue lo que permitió que sucediera lo que sucedió, por otra parte, el 27 de enero de 2021). La única solución posible es hacer, desde los diferentes sectores de la sociedad, lo que intelectuales y artistas hicieron el 27 de noviembre: no sentarse a esperar, no depositar su responsabilidad ciudadana en alguien más. Dejar claro el carácter pacífico de la protesta, para impedir cualquier manipulación por parte del gobierno, o para justificar cualquier tipo de represión.

No he hecho referencia a la cuestión de la vía pacífica, y me parece importante. El problema no es solo que el gobierno responda con alta violencia, y debemos dejar clara esta posibilidad, para la que nadie está preparado, porque probablemente no haya ocurrido en la isla en más de cincuenta años. Si el gobierno saca los tanques, nadie estará preparado para enfrentarlos, y llevarnos a esa situación me parece en extremo irresponsable, si luego obviamente no seremos capaces de resolverla por nosotros mismos. Hay una parte pequeña de la oposición que pide a Biden una intervención militar, y hay otra parte de la oposición o de los cubanos en general que la niega, pero que de sacar el gobierno los tanques a la calle, probablemente se sume y la pida. Esta solución, esta carta desesperada en caso de que las cosas “salgan mal”, en caso de que una revolución no sea un juego de niños, me parece todavía peor. Como mismo nadie está preparado para los tanques en las calles, nadie está preparado para bombardeos aéreos masivos, que siempre producen incontables pérdidas humanas colaterales. Ese escenario, que puede parecer improbable de momento, es perfectamente posible, y debemos impedir que se produzca. El gobierno sabe jugar con esta amenaza, y Venezuela ha ofrecido experiencias excelentes acerca de cómo intimidar y disuadir a la gente recordando la posibilidad de una intervención militar.

Que se deba evitar que salgan los tanques a las calles y que haya una intervención extranjera no debe ser, como la huelga de Alcántara, una invitación conveniente a la pasividad. Si salir a la calle es demasiado arriesgado de momento, y no constituye una opción viable, se puede hacer algo más que compartir panfletos (como este) en las redes sociales. Creo que es indispensable visibilizar el desacuerdo, pero también computarlo y estructurarlo, y una herramienta para ello puede ser el cuestionamiento a las organizaciones que supuestamente deberían protegernos: la CTC, la FMC, la FEU… No es que vayamos a esperar a que mágicamente sus líderes se apiaden, ya que en última instancia no tienen poder real (las herramientas que antes le daban poder, dígase la capacidad de hacer paros, huelgas y manifestaciones, han sido abandonadas). Lo que podemos esperar es generar suficiente tensión interna en las organizaciones como para que se vean obligadas a encarar de una vez y por todas la realidad, hechos evidentes e incuestionables de los que no se habla. Y algunos de los líderes de estas organizaciones reconocerán que “existen ciertos problemas”, por burocracia e ineficiencia, y por el “injusto bloqueo económico impuesto a nuestro país”, pero jamás hablarán de hechos concretos. No hablarán de la represión. No hablarán de la expansión de GAESA, de su falta de transparencia. No hablarán de los vínculos del gobierno cubano con los Papeles de Panamá. No hablarán de la inversión desmesurada e irresponsable en el sector turístico. No hablarán de los elogios a un gobierno genocida como el norcoreano. No hablarán de dónde salió el dinero de los negocios privados de gobernantes o descendientes de gobernantes. Y debemos estar preparados para que nos pregunten (ambiguamente, sin afirmar o negar los hechos), “dónde hemos escuchado semejantes cosas”, y que nos digan que “hay que ser muy ingenuos como para creerle a esa gente”.

Cuando eso suceda, cuando exista la confrontación de una vez y por todas de realidades ineludibles, no podremos haber caído en el juego de la autoridad, no podremos haber negado algo que dijo el NTV solo porque “hay que ser muy ingenuos como para creerle a esa gente”, no podremos sentarnos a hablar basándonos en el prestigio de quien dice las cosas, porque ese terreno ya lo conoce bien el gobierno. La única forma de enfrentarlo es salir de las reglas del juego que hacen posible sus problemas. El Movimiento San Isidro tiene el mérito de protestar cuando nadie protesta, de una forma que ha hecho evidente lo que antes no quedaba claro. Durante mucho tiempo yo fui tan inocente como para creer que, de quererlo, podría salir con un cartel de a favor del socialismo pero contra la represión, o de gritar que un acto lleno de oficiales de la seguridad del estado y de personas ligadas al gobierno, anunciado con días de antelación, “no era espontáneo”. No hay nada espontáneo en nuestro silencio. No hay nada espontáneo en esperar y llorar por el sacrificio que estaría haciendo alguien más. No hay nada espontáneo en el NTV. No hay nada espontáneo en este texto. No hay nada espontáneo en la reciente apertura al sector privado. No hay nada espontáneo en San Isidro. No hay nada espontáneo en que toda la tensión política en Cuba se reduzca a la expectativa de una muerte que puede o no puede ocurrir, o una huelga que puede o no puede ser real, y a sus continuas postergaciones. Para pedir en público a todos que nos quitemos las máscaras, al parecer, hace falta una máscara.

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