Política en Cuba

Rebeldía

Leo que las otras medidas —aparición de pequeñas y medianas empresas, mayor autonomía de las estatales, unificación de la moneda…— significarán un aporte significativo a las divisas que necesita el país.

 

Por: Jorge Fernández Era

Tendría 15 años. Cosía pelotas en la industria deportiva de la Lenin. Pasó por allí un grupo de norteamericanos de la brigada Venceremos. A una muchacha le resultó curiosa la destreza con que yo lo hacía y se acercó a mi puesto de trabajo. Tras una breve conversación me abrazó, sacó de una cartera un bolígrafo y me lo obsequió como recuerdo de nuestro encuentro. Minutos después, despejado el escenario de incómodos testigos, se acercó un profesor, por demás dirigente de la UJC, y exigió me desprendiera del regalo. Ante mis dudas pidió la atención de la concurrencia y me hizo pasar la vergüenza de arengar a mis compañeros que actitudes como esa mancillaban la dignidad que defendíamos, que nada había que recibir del enemigo aunque estuviera disfrazado de solidaridad, que un producto de los yanquis era la antítesis de los valores que habíamos recibido desde pequeños.

Los valores que recibí desde pequeño incluían cortar todo vínculo con los familiares que habían volado al norte. Una hermana de mi papá, la que me hizo conocer de pequeño las pocetas del malecón y se fue tras su esposo a un universo desconocido, se convirtió desde mis seis años en una gusana, no importa si nunca tiró un hollejo en la política. Solo cuarenta años después mi mamá me confesó que se vio obligada a romper todas las cartas que mi tía Amadita enviaba a sus sobrinos desde Miami, so peligro de ser sancionada.

Ya conté que tuve que gritar frente a la embajada del Perú a sabiendas de que tras su fachada y con veintidós años se refugiaba mi primo Toni, quien meses antes me había acompañado en mi convalecencia hospitalaria tras una operación en La Dependiente.

La dignidad es lo primero, me dijeron siempre. Hoy, ante una crisis que se hizo más visible, pero que nos golpea hace rato, tratan de convencerme de que los dólares de aquellos que escupimos y conminamos a que se fueran hace cuarenta años porque “no nos eran necesarios”, son los que van a sacarnos a flote y se convierten en el arroz con pollo de estas Medidas Libremente Cuestionables que dejan mal parado a Martí cuando proclamó que “Cuba no anda de pedigüeña por el mundo”. Y si hago preguntas, si me rebelo y esgrimo la dignidad que me enseñaron en la escuela y en la casa, entonces me igualan a “la piltrafa humana que habita a noventa millas” y que solo sirve para recargar nuestras tarjetas con el dinero que el enemigo le paga.

Como ya no soy el joven de 15 años que se dejó arrebatar un bolígrafo, como entre los libros que me leí está el de la defensa de Fidel en el juicio por los hechos que hoy se conmemoran —“La primera condición de la sinceridad y de la buena fe en un propósito es hacer precisamente lo que nadie hace, es decir, hablar con entera claridad y sin miedo”—, jalo por la franqueza y prosiguen mis dudas en este Día de la Rebeldía Nacional.

A tenor con las declaraciones de que el dinero recaudado se empleará 100 % en reabastecer las tiendas y asegurar los 47 productos que se ofertarán en las que pasan a ser del montón, calculo que con el impuesto del 240 % que se le aplica a cada uno alcanza perfectamente para asegurar su reemplazo, su réplica en CUC o CUP —sin “costo tremendo” alguno— y dejar un 40 % para su reproducción ampliada o mejoramiento, para comprar ese producto 48 que deseo porque me da la gana, sin rebajarme a mendigar un dinero que no gané con mi trabajo, con mi conciencia, con mi confianza en el futuro.

Leo que las otras medidas —aparición de pequeñas y medianas empresas, mayor autonomía de las estatales, unificación de la moneda…— significarán un aporte significativo a las divisas que necesita el país. Todas esas decisiones están incluidas en los lineamientos económicos y acuerdos de los últimos congresos del Partido, aprobadas, acuñadas y engavetadas hace una pila de años.

Me pregunto cuánto dinero se ha perdido por el pensamiento estanco, el que no paga consecuencias, el que frena cualquier ánimo de cambiar las cosas y que hace alejarse lo tantas veces asimilado en las clases recibidas en la Lenin: “la satisfacción de las cada vez más crecientes necesidades de la población”.

Oigo hablar de fortalecer los municipios y no entiendo por qué no se eleva unos cuantos dígitos ese ridículo 1 % con el que cada territorio se apropia de aquello que produce. Repaso todo lo que se ha levantado gracias a esa dádiva e imagino cuántos problemas más podrían resolverse en mi entorno con el 30 % que exhibe cualquier alcaldía de países que no tienen un poder del pueblo y para el pueblo.

Y clamo por que al menos haya recato. Es chiste de mal gusto que se televise un reportaje sobre la inauguración —corte de cinta y todo— de la tienda en MLC El Sable —poco faltó para la consigna ¡Ahora sí vamos a construir el capitalismo!— y se olvide que una mayoría no puede comprar en ella porque vive de hacerse el harakiri.

Lo digo y ya, porque la rebeldía es cualidad de inconformes. No puedo callar cuando a la dignidad, con lo cara que ha costado, me la pintan digna de ser subsidiada.

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