Política en Cuba

El juego de ajedrez (II)

Un Juego de Ajedrez en las redes sociales

Por: Boris
La imagen de un parque wifi repleto de personas absortas en las pantallas de sus celulares se ha borrado a partir de la implementación del internet por telefonía móvil. El impacto en la sociedad cubana ha sido indudable y, quizás, uno de los momentos más emblemáticos fueron las labores de recuperación tras el paso del tornado en enero del año pasado cuando gran parte de la sociedad cubana se movilizó a ayudar a los damnificados. Por supuesto que las tensiones políticas no pasaron desapercibidas y en medio del desastre hubo toda una lucha mediática que se montó sobre la poca habilidad de los funcionarios del Estado para manejar su presencia en las redes, algo que ha sido una constante a lo largo de este año de masificación del Internet. ¿Por qué fallan los tanques pensantes del Estado cubano en generar una buena imagen ante el mundo en lo que respecta a las redes sociales?
En los primeros años de la Revolución mantener un estado de opinión fue un proceso sencillo. La figura de Fidel Castro, desde su impoluta imagen de joven héroe vencedor, servía como factor para aunar al público cediendo con el tiempo lugar a un muy eficiente aparato de inteligencia.

Si sumamos a eso que todos los medios de difusión eran controlados directamente por el Partido, pues el problema de alcanzar la hegemonía se zanjaba con facilidad. Sólo una voz generaba el discurso. El internet quebranta eso. No es que las redes sociales sean estructuras democráticas o libres pero, a diferencia de lo acostumbrado hasta entonces, cada receptor es potencialmente un emisor y, aunque el nivel de elaboración discursivo puede no estar marcado por una ideología o la racionalidad, tiene la ventaja de despojarlo de artificios políticos, incluso, cuando su intención es tal. El meme es la mejor evidencia de ello.
La burocracia cubana no está acostumbrada a hacer relaciones públicas más allá de sus ámbitos. No necesitaron hacerlo a lo largo de su existencia. Tampoco el MININT y sus múltiples oficinas que, por definición, no debería hacerlo. Sus esquemas anclados en una concepción típica de la Guerra Fría no se los permite.

Incluso programas como los de los cibercombatientes adolecen de una ingenuidad lapidaria en el caso promedio o de una ampulosidad sospechosa en los más talentosos.
El problema que enfrenta la sociedad civil cubana es el de encontrar objetivos comunes. El caso de la marcha LGBTIQ sucedida en mayo del 2019 lo prueba. También el caso de SNET. En ambos lo que los unía quedó claro desde el principio a pesar de que los resultados fueron dispares. Una fue reprimida y la otra llevó a una negociación relativamente exitosa pero ambas pusieron en entredicho el papel del Estado. La primera sacó a relucir la naturaleza fundamental del Estado cubano en cuanto a estructura machista y patriarcal y la segunda demostró su incapacidad y temor a lucir mal. Pero, ¿estará la sociedad cubana lista para entender lo sucedido? ¿Podrá superar el instinto de rebeldía para hacer de ello un esfuerzo sostenido? Y, más allá aún, ¿descubrirá qué es lo que quiere, o sea, un proyecto de país?

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