Política en Cuba

Vindicación del repudio

Por: Jorge Fernández Era

Por si a alguien le quedaban dudas, los hechos de los últimos días vienen a demostrar que el acto de repudio es política de Estado, y que lejos de ser triste recuerdo de épocas pretéritas, se entroniza en el tejido de la nación y está por dar sus peores frutos.

Podría parecer que los sucesos en la barriada habanera de Los Pinos y otros similares en diferentes puntos de la geografía de la Isla son manifestaciones aisladas y “espontáneas” del sentir de determinado sector de la población, pero todos, absolutamente todos, se engarzan con repudios de algún que otro tipo. ¿Qué si no fue la presentación televisiva, a menos de veinticuatro horas, de una sola de las partes de la reunión el 27 de noviembre entre la dirección del Mincult y los artistas plantados frente al Ministerio? ¿No fue acto de repudio el desencadenado por el manotazo de Alpidio Alonso dos meses después en el mismo escenario?

Un denominador común de esos hechos es el silencio, la manipulación y el contubernio. Silencio, cuando se le niega a los participantes en el 27N un espacio para explicar razones, y hasta se borra de las imágenes el audio para que cada cual se invente lo que en una calle del Vedado se dijo y se cantó. Manipulación, cuando la televisión pretende convencer de que lo del ministro de Cultura fue un saludo cordial a los manifestantes, y que sus compañeros de trabajo se encargaron de desalojarlos de allí señalándoles dónde está la parada de la 27. Contubernio, porque todas las “respuestas rápidas” han gozado con el favor de los medios de difusión masiva y, lo que es peor, del propio presidente de la República.

Tan fácil que es redactar un tuit que tajantemente exprese: “Los mítines de repudio nada tienen que ver con patriotismo, firmeza ideológica ni convicciones revolucionarias. Sí con intolerancia, cobardía, fascismo y los más bajos instintos del ser humano. Paren ya”… Pero sería feo romper con la tradición de que el Gobierno Revolucionario, lejos de cerrar ese capítulo y juzgar a los infractores de la letra constitucional, aliente actos tan deleznables.

Cualquiera fuese la manera de manifestar su descontento de quienes se expresan abiertamente contra la Revolución y el Socialismo, las leyes existen para ser cumplidas, y los órganos de represión para actuar contra los infractores si existiese contravención. Es sucio ensalzar y aupar a una turba al insulto y otras bajezas. Con tales actos, la catadura moral de los represores siempre queda por debajo de la de los reprimidos.

La justificación para allanar una vivienda y permitir que improvisados pintores de brocha gorda borren unos carteles es que los moradores ocupan ilegalmente un local de los Comités de Defensa de la Revolución. Con ese pretexto, junto al mitin de repudio en Los Pinos debían haberse efectuado otros cien mil en el archipiélago cubano, pues esa es la cifra de personas que ocupan espacios de propiedad estatal. Se aduce también que la bulla comenzó de parte de los opositores cuando todavía no se había dado un solo grito. Las decenas de personas reunidas en la esquina opuesta, digo yo, marcaban para el picadillo sin deseos de hacer picadillo. Una respuesta airada ante la invasión a la vivienda —lo es mientras las autoridades judiciales no tomen cartas en el asunto— hubiera podido convertir en realidad esta última aseveración.

Una vez más la retórica “revolucionaria” se queda sin armas. Igual que en el pasado —y todavía en el presente— hablar de los derechos humanos era tabú, ahora una frase de solo cinco sílabas —no importa si alguna vez fuera avalada por Fidel— es símbolo de contrarrevolución y entreguismo. Menudo favor a la defensa de los principios que animaron a construir una nueva sociedad se hace si a todo aquel que proclama “Patria y vida” —y lo pinta en el muro de su casa porque le sale de sus timbales— se le organiza un mitin de repudio. Estupendo apoyo a la canción que la sustenta ese videoclip de Raúl Torres que no hace sino demostrar cuán huérfanos de Revolución nos vamos quedando.

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Autor

  • Periodista, escritor, editor y corrector. Perteneció al grupo humorístico Nos y Otros

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