Política

El alimento conectado

Por: Armando Pazos

Un click, otro click y uno más… un me gusta, una sugerencia, una notificación, un vídeo, un artículo, una recomendación. 

De esta manera se va configurando un perfil de cada uno de los usuarios de las redes sociales. Perfil que incluye preferencias, actitudes, creencias, prejuicios que determinan el tipo de información con que seremos alimentados en lo adelante. Y finalmente las redes sociales nos transforman en grupos tribales con cero tolerancia a la diferencia, a la disención, al punto de vista ajeno y exacerban posiciones ideológicas y políticas extremas, donde la verdad deja de ser un referente para convertirse en arma para la manipulación. 

El resultado no se hace esperar: pululan las más festinadas teorías de la conspiración, desde que la tierra es plana (pobres Copérnico, Galileo y compañía), hasta la existencia de un gobierno mundial conformado por una élite de pedófilos podridos en dineros.

Y de un proyecto inicial de interconexión humana, llegamos a una fábrica de diferencias irreconciliables, sustentada por un modelo de negocio en la que el usuario es el producto ofrecido por los titanes de las redes sociales a los anunciantes que pagan por nuestra atención (tiempo de pantalla) para comercializar bienes y servicios. 

Y mientras más miramos, menos vemos. No entendemos cómo puede haber dos versiones tan dispares de un mismo hecho o suceso. La respuesta es simple: basado en nuestro perfil construido, sólo veremos la información que se acomoda a nuestra propia visión e interpretación de la realidad. Al extremo de que el contenido disponible en la internet varía según la región y latitud donde vivimos. 

Uno de los aspectos alarmantes de este fenómeno es que, si bien los programas y algoritmos que determinan nuestro perfil con base a nuestras preferencias fueron creados por ingenieros, comunicadores y psicólogos, funcionan cada vez más sin intervención humana. Estamos a merced de la inteligencia artificial que se mejora a sí misma y en detrimento de nuestro bienestar emocional y nuestra capacidad de interactuar en sociedad.

Renunciar a las redes sociales es una utopía.  Así como negar el beneficio que aún aporta al conectarnos con familiares y amistades, al intercambiar ideas y oportunidades. Y lo es más aún cuando los gigantes de las redes no van a renunciar al modelo de negocio que tan buenos dividendos les proporciona.  Aunque en el proceso disloquen generaciones enteras, especialmente adolescentes y niños, al ser el sector poblacional más conectado y vulnerable.

Ojalá no sea una utopía pensar en una robusta política de regulaciones que protejan al usuario de las redes sociales. Mientras, no dejo de recordar el adagio que reza: cuando el producto no es visible, es porque tú eres el producto. 

Y de un click a un me gusta, nos vamos instalando en ese rincón confortable, diseñado a nuestra medida, en lo profundo de la matriz, permanentemente conectados a una pantalla,  mientras somos el alimento, un click a la vez…

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