Política en Cuba

Qué hacer

Por: Smerdiakov

La historia de las naciones, vista de lejos, resulta en casi todos sus momentos lo contrario a una lección, más bien parece una anti-lección: no aprendemos con ella, como suele decirse, más bien desaprendemos. Los únicos que pueden aprender de la historia de las naciones constituyen aquellos con pretensiones de ser recordados en ella (pueden aprender cómo ascender al poder y cómo conservarlo). Si se suprime la motivación del liderazgo, lo único que puede aprender un ciudadano común de la historia de las naciones es que en la amplísima mayoría de los casos sus sacrificios serán en vano, y su fuerza será redirigida a un sitio que nadie conoce. No solo porque tarde o temprano será usado por aquellos que sí persigan algún tipo de protagonismo, sino porque incluso en el mejor de los casos, incluso siendo milicia de un líder desinteresado y honesto (supongamos que tal cosa fuera posible), nada garantiza que ese líder desinteresado y honesto (o cualquier otro ser humano) tenga la menor idea de qué conviene a la nación. Si bien los objetivos generales de cualquier movimiento político suelen ser evidentes, casi innegables, las decisiones concretas sobre cómo llegar a ese punto no lo son, jamás lo son. Por eso los políticos hablan de objetivos y rara vez de planes concretos. Las decisiones concretas son difíciles, cuestionables, y a la largo uno puede comprobar que hasta los más brillantes estrategas de cada época han sido capaces de errores terribles, que como norma han sido sufridos menos por ellos mismos que por aquellos que los han seguido. Suponer que lo que quiere la mayoría es apriorísticamente correcto (y este en el fondo es el mito de la democracia) está mal, ya que muy a menudo la mayoría se equivoca. Suponer que en ciertas ocasiones es moralmente aceptable para un gobernante hacer lo que crea que es correcto sin importar lo que crea la mayoría también está mal, ya que abre la puerta a cualquier tipo de atropello, si tal cosa fuera válida, todos los partidos tratarían de dar golpes de estado todos los días. Nos encontramos ante la antinomia democrática, que tampoco concibe un punto medio, ya que decir que en ocasiones se debe aplicar la primera máxima y en ocasiones la segunda implica adscribirse a la segunda, sencillamente. El ciudadano que quiera desinteresadamente apoyar lo que sea mejor para su nación, al repasar la historia de las naciones con la adecuada distancia, encontrará que entre más seguro esté de lo que está bien y de lo que está mal probablemente más cerca esté de la ceguera. De ese modo, si bien resulta más que evidente que no solo hay muchas cosas que están mal en Cuba (frase tímida y muchas veces vacía, que a menudo va seguida de un “pero”), sino que Cuba está profundamente mal, en casi cualquier dimensión en la que uno sea capaz de pensarla, contraponiéndola a casi cualquier paradigma de lo que debe ser un país, lo más triste y peligroso del asunto es que no hay una camino concreto que uno pueda definir como correcto. Más allá de lo inmediato y evidente (libertad de expresión, por ejemplo), no hay un plan concreto que parezca salvar a esta generación. Los objetivos pueden ser más o menos conciliables (que haya libertad, igualdad y fraternidad), pero los pocos planes que pueden esbozarse para conseguirlos resultan irreconciliables, y tienen en común que sus resultados si acaso podrán verse en la próxima generación (ya los que tenemos más de veinte años estamos perdidos), lo cual desprende un olor rancio a retórica de sacrificio por el bien común, que no gusta a nadie, no puede gustar a nadie a estas alturas. El único proyecto concreto y realizable que se plantean algunos es la venganza, meta (no lo dudo) antojadiza, fácil, instintiva, pero vacía: una vez que se cumple quien la emprende (abstraigámonos de las complicaciones morales de la venganza) queda todavía más devastado que antes, porque ahora no tiene una causa en la que justificar su miseria, solo algo que está en el pasado, por tanto su identidad también habría quedado en el pasado. Todo hombre o pueblo que venga su injusticia se vuelve un fantasma. Los pueblos más fuertes han sido aquellos que jamás han conseguido vengarse. El malestar general en Cuba ya no solo es de cansancio, sino de incredulidad. Lejos de constituir esta actitud una enajenación, creo que es una especie de lucidez radical y melancólica. Los enajenados son aquellos que con felicidad matan por el bien común (llamémoslo socialismo, patriotismo o democracia) y están dispuestos ellos a morir. Terminadas las guerras, suelen sobrevivir los cobardes. La historia de las naciones nos enseña (nos des-enseña) que todos los hombres, sin importar su época, creen ser conscientes del lugar que ocupan en ella, y la historia de las naciones nos enseña que todos se equivocan, que no hay destino, sino azar, que si se han cumplido los vaticinios de un profeta ha sido porque cada época ha tenido mil profetas y alguno por probabilidad siempre ha dado en el clavo (sin que esto haya implicado una inteligencia particular en él, al contrario: nadie suele equivocarse más en cuanto al futuro que los hombres inteligentes, porque la inteligencia es la abstracción y en el caos de la historia la abstracción no tiene mucho que hacer, las profecías que más se cumplen no son las de los sabios, sino las de los idiotas). También ha sucedido que un profeta se ha convertido en protagonista de la historia, ha hecho trampa para cumplir sus vaticinios, pero ese es otro asunto. Me queda absolutamente claro que estas ideas son convenientemente pasivas y autocomplacientes para mi generación, y que si somos capaces de racionalizarlas (y esto es independiente de si son ciertas o no) es porque nos resulta de algún modo conveniente racionalizarlas. No somos capaces de pensar en nada que de algún modo no se haya subordinado antes a lo que el cerebro quiere (o teme) escuchar. Si pensamos en una posibilidad, ha sido porque la hemos querido o la hemos temido. Para probar esto último pensemos en lo siguiente: no nos percatamos de que le gustamos a otra persona hasta que fantaseamos con esa posibilidad, o por el contrario, hasta que la tememos. Pero el hecho de que nos sea conveniente pensar en la posibilidad de la historia como un sinsentido (así no tenemos que arriesgar nuestro pellejo, nos convencemos de que será inútil), no implica por sí mismo que sea falsa esa posibilidad. No quiero ser malentendido, creo que hay muchas causas justas ahora mismo, causas concretas, detenciones y censuras que deben abolirse, corrupciones que deben pagarse, pero en cuanto a lo demás, en cuanto a qué hacer con nuestra economía y nuestra sociedad, me cuesta demasiado trabajo no solo ver una solución, sino creer que alguien puede verla con certeza. Hace unos años escribí artículos incontables haciendo sugerencias económicas que me parecían impostergables: dejar de invertir todo el dinero en el turismo, fomentar las industrias centradas en el mercado interno, dejar de imprimir pesos convertibles sin respaldo, estas ideas no creo que fueran tan disparatadas, pero ya el error se cometió, ya se construyeron los hoteles (técnicamente muchos se siguen construyendo, espectáculo doloroso de ver), ya no hay un centavo en las arcas para invertir en industrias, ya hubo que dolarizar la economía, descubierta la gran burbuja de los pesos convertibles. Se han cometido tantos errores, que cuesta trabajo creer que alguien sabe cómo salir del lugar en el que estamos. Las empresas privadas de los circuitos cercanos al poder terminarán devorando a las otras (me pregunto si no me encuentro de nuevo jugando a las profecías) y la transición al capitalismo totalitario habrá sido completada. Si eso pudiera evitarse sin una guerra sangrienta, valdría la pena la historia. Pero al parecer las fichas están puestas de manera que no pueda evitarse tal cosa sin una guerra sangrienta que nadie quiere (y nadie debe querer). Me molesta sonar en estas líneas como alguien demasiado seguro de lo que está diciendo. No estoy seguro de nada, solo estoy esperando un milagro.  

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