Política en Cuba

Las PASO del 11J

Por: Ernesto Gutiérrez Leyva

“A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos seguido… y por las mismas razones” reflexionaba Sir. Bernard Shaw. Esta frase, pensada por un británico el siglo pasado, bien pudiera aplicarse al contexto latinoamericano actual.

Vivimos en una región cuyas élites han sido tradicionalmente reacias a renovarse. Ya sea mediante modelos oligárquicos tradicionales como los que proliferaron hasta la primera mitad del siglo pasado, o mediante esquemas evidentemente totalitarios como el que aqueja a Cuba al día de hoy, las élites latinas han buscado a toda costa permanecer en el poder; aún en contextos donde la existencia de mecanismos democráticos formales no se ha combinado con una movilidad social sostenida en el tiempo. Esto ha impedido una alternancia que vaya más allá de lo aparente y ofrezca una alternativa a las aspiraciones sociales del momento.

Dos de los hechos que recientemente han somatizado la desconexión establishment/ciudadanía han sido el estallido social en Cuba durante las protestas del 11 y 12 de julio (el 11J) y las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) en la República Argentina. A primera vista, ambos fenómenos son absolutamente diferentes: el primero es un estallido de descontento que se erige como desafío al sistema imperante (totalitario y excluyente) mientras que las PASO están perfectamente institucionalizadas, y constituyen un ejercicio cívico envidiable.

Argentina y Cuba se han visto afectadas por procesos que aunque distintos, guardan semejanzas entre sí: el populismo peronista y el totalitarismo castrista. Ambos son procesos de larga data, cuyos inicios se remontan a la década del cuarenta y del cincuenta del pasado siglo respectivamente. A pesar de lo añejos, aún mantienen un vigor nada despreciable, por lo que augurar su desaparición en el corto o mediano plazo, es poco realista.

Durante el pasado mes de julio, no fueron pocos quienes acariciaron la idea de que la Camarilla de La Habana no llegaría a fin de mes. En Argentina, el resultado de las PASO -que sorprendieron a la propia oposición- ha sido visto como el definitivo inicio del fin del kirchnerismo, una de las tantas cepas que han derivado del peronismo. Al día de hoy, la decrépita élite de La Habana sigue ahí. En cuanto a Argentina, sin querer arrojar un cubo de agua fría, hago la reflexión de que la sociedad que castigó al peronista Frente de Todos en los pasados comicios, fue la misma que dos años antes les había puesto en el poder cuando todos daban por políticamente muerta a Cristina Fernández de Kirchner.

Populismo y totalitarismo han sabido aprehenderse en el tejido social y llegan a causar un verdadero daño antropológico si se sostienen en el tiempo. Ambos son fenómenos que trascienden lo estrictamente político, y en el caso del populismo, aunque se le puede ganar una elección, no se le derrota en las urnas, sino en el campo cultural.

El populismo es un fenómeno de enorme complejidad que se adjudica a experiencias que van desde los estatistas Perón (Argentina) y Lázaro Cárdenas (México), hasta los neoliberales Menem (Argentina) y Fujimori (Perú).

Otro tanto puede decirse sobre sus causas en Latinoamérica, región que ha sido más que fértil para este. Algunos lo explican remontándose a la influencia de la neoescolástica de los s. XVI y XVII. En lo personal, apelo a causas más simples: ha sido una reacción contraproducente de la población latinoamericana a unas élites mediocres y excluyentes, en el contexto de un capitalismo subdesarrollado.

En el caso argentino, ello se tradujo por el desacertado cambio de las ideas del liberal Alberdi por las de Perón. En el caso cubano, nuestra propensión a dejarnos seducir por líderes mesiánicos, más allá de su perfil ideológico, nos ha costado vivir en dictadura desde el 10 de marzo de 1952, evolucionando definitivamente hacia un modelo totalitario de corte estalinista a partir de 1965 -tomando como referente la fundación del Partido Comunista actual.

Totalitarismo y Populismo comparten rasgos comunes, al menos en la forma en que se han manifestado en Cuba y Argentina respectivamente: Tanto F. Castro como Juan D. Perón denunciaron a la élite política anterior y al sistema de partidos tradicionales, en contraposición al nuevo poder emergente. El pasado fue tildado de oprobioso y no tuvieron reparo en reclamar para sí la representación de la Nación en su conjunto, reivindicando los respectivos proyectos como continuadores de la gesta de los próceres independentistas.

Aunque durante “el primer peronismo” se lograron avances innegables en materia de derechos humanos, como la extensión del derecho al sufragio para la población femenina, tanto en uno como en otro caso, la noción liberal de ciudadanía va a ser relegada por el políticamente dúctil “pueblo” que devenido en “masa” será llamado durante décadas a combatir un conjunto de enemigos que, de forma concurrente o sucesiva, conspiran para destruir “el proyecto” y el vínculo entre el amado líder y su pueblo. El empresariado local, la clase política tradicional, el imperialismo -británico o estadounidense- o la diáspora en el exilio, recibirán frenéticos ataques según le sea necesario al Poder para desviar la atención.

El efecto correlativo inmediato a la multiplicidad de enemigos, es la multiplicidad de oposiciones. En el caso cubano, a la oposición históricamente acuartelada en Miami se han sumado otros grupos de diverso signo generacional e ideológico. En Argentina, ya en los tiempos más próximos, fue quizá la necesidad de evitar regresar al kirchnerismo, lo que llevó a toda una serie de agrupaciones –incluyendo algunas de corte peronista, por paradójico que suene- a nuclearse en la coalición de Cambiemos, que llevara como candidato a Mauricio Macri a las elecciones presidenciales de ese país en 2019, y que fuera la gran ganadora de las pasadas PASO.

Debe añadirse que ambos fenómenos han terminado induciendo polarizaciones tan profundas como dañinas en las respectivas sociedades, que las siguen lastrando hasta hoy. En la nación austral se habla de las dos Argentinas mientras en Cuba al largo diferendo Partido Comunista-Miami, se suma la fractura a lo interno del Archipiélago que se vio con toda claridad durante las protestas del 11J.

Ricardo López Murphy sostiene que “la idea de que no existe límite al gasto público y la demanda doméstica ha sido popular en el populismo”, que explica una política monetaria expansiva e incontrolada, la propiedad deja de ser un derecho para convertirse en un privilegio de los amigos del Poder, con el correspondiente tejido clientelar y se evidencia una tendencia más o menos marcada a identificar al Estado con el Partido gobernante y a estos con la figura del líder.

El peronismo nunca pudo avanzar tan lejos como sí se logró en Cuba después de 1959: las políticas de nacionalización, combinadas con una pésima gestión de los recursos expropiados o confiscados, aceleraron del declive económico de la Isla, que vio su mayor muestra en el fiasco de la zafra azucarera de 1970 . El que se mostrara como un proyecto nacionalista, terminó destruyendo el aparato económico y haciéndonos dependientes de un mecenas extranjero -URSS y Venezuela. Cuando dicho benefactor ha faltado, la población cubana se ha visto sometida a crisis económicas de dimensiones humanitarias, como la de la década del 90 o la actual, agravada por la Pandemia del Covid-19.

Aún hoy, cuando quienes gobiernan desde La Habana pretenden vender una imagen de apertura económica, el derecho al emprendimiento se encuentra seriamente restringido. En la memoria de los cubanos está fresco el recuerdo de los reportajes transmitidos por el Noticiero Nacional en horario estelar en donde se llevaban a cabo actos confiscatorios a emprendedores privados alegando la existencia de algún tipo de ilegalidad.

La inviabilidad de las políticas económicas del populismo (el de izquierda al menos) termina siendo su talón de Aquiles, pero también la llave a su faceta más agresiva, que puede hacerlo derivar en un modelo más autoritario o francamente totalitario. El caso venezolano es un buen ejemplo: el derroche de la bonanza petrolera durante los gobiernos de Hugo Chávez le granjeó al líder una popularidad que le permitió degradar sistemáticamente la institucionalidad del país y cooptar las fuerzas armadas. Cuando la caída del barril petrolero puso en evidencia la fragilidad de la economía venezolana, ya era tarde y ni siquiera el control de dos terceras partes de la Asamblea Nacional, le permitió a la oposición hacer un contrapeso efectivo al chavismo, que no tuvo reparos en hacer volar por los aires la apariencia de institucionalidad que hacia 2015 se mantenía en Venezuela.

El caso cubano fue muy diferente en el sentido de que Fidel Castro accedió al poder luego del derrocamiento de una dictadura previa, sin someterse jamás a elecciones, como sí lo hicieron Perón o Hugo Chávez. Los efectos de sus erradas políticas económicas no se verían en toda su magnitud sino hasta los años 90, pues las generosas subvenciones soviéticas sostuvieron el consumo nacional, y permitieron inclusive el financiamiento de aventuras guerrilleras en el exterior, patrocinadas por La Habana.

También tuvo Fidel Castro la lealtad incondicional del aparato militar -con alguna que otra excepción como la temprana insurrección de Huber Matos o la amenaza que en su momento representó el General Arnaldo Ochoa. He aquí la que considero la principal diferencia entre los casos de Cuba y Venezuela con el argentino: la lealtad de las fuerzas armadas al proyecto. De aquí derivan para Argentina una serie de factores que determinarán una evolución distinta a los escenarios venezolano y cubano.

Habíamos dicho que el populismo tiende a romper con el pasado, con una marcada vocación antisistema, por decirlo de alguna forma. En el caso argentino, el rol que tuvieron las Fuerzas Armadas durante las dictaduras del pasado siglo en ese país, más el bochorno nacional que significó la derrota en la guerra de las Malvinas, retrataron a las instituciones castrenses como parte indisoluble a ese establishment del que el peronismo abjura.

La insistencia de Néstor Kirchner de derogar las leyes de obediencia debida, así como la presión ejercida también por Cristina Fernández durante sus dos presidencias para que se llevaran a cabo los juicios por los crímenes de lesa humanidad cometidos antes de 1983, sumado a la correspondiente retórica de rechazo a las dictaduras militares, en el cual las fuerzas armadas no salían precisamente bien paradas, enterraron la posibilidad de que los Kirchner pudieran repetir la labor de cooptación que sí lograra Hugo Chávez, por no hablar del caso de Cuba.

Llegamos al 2021, y se dan los sucesos a raíz de los cuales hacemos este artículo. Tanto en uno como en otro caso, se da la paradoja de que los otrora antisistema se han convertido en el Poder constituido. A Cristina Fernández de Kirchner, senadora provincial y nacional durante varios mandatos no consecutivos, presidenta de la nación por ocho años y hoy vicepresidenta de la nación, le cuesta trabajo vender una imagen de desvinculación de la casta política. ¿Y qué decir del caso cubano cuando el Poder no ha sido renovado -institucionalmente al menos- desde 1959? De hecho, poco puede ser más contradictorio con la idea de un revolucionario que el slogan de “continuidad” del que los nuevos gobernantes hacen gala en Cuba.

El mal manejo económico, el clientelismo, la falta absoluta de libertades en el caso cubano, son factores de larga data que se vieron agravados y catalizados en sus efectos por la pandemia del Covid 19.

Mientras en Argentina esperan al próximo 14 de noviembre para celebrar los comicios de medio término, en Cuba ha surgido un movimiento cívico denominado Archipiélago -aunque sus integrantes lo perciban aún como una plataforma mediática- que ha puesto en jaque a la Camarilla de La Habana por la simple convocatoria de una marcha pacífica en todo el país con la mera intención de reclamar libertades civiles y políticas.

Ante ambos desafíos el oficialismo argentino ha reaccionado implementando políticas de burdo corte clientelar -“plan platita”. En La Habana, por su parte,  la respuesta ha sido más que feroz y torpe, poniendo desde ya en evidencia a un régimen que no podrá autoproclamarse de nuevo como detentor del apoyo unánime de la sociedad y cuyas esencias antidemocráticas han sido más que evidentes.

Soy optimista en ambos casos, Argentina y Cuba. El previsible resultado adverso en las urnas significaría para Cristina Fernández una pérdida considerable de poder, y quizá dé margen a Alberto Fernández para salir de su tutela y ganar en autonomía. No obstante, la incertidumbre sobre cuál será el impacto definitivo de las elecciones a lo interno del oficialismo, está a la orden del día.

En el caso cubano no pasa de manera distinta. Es sabido que el 16 de noviembre Cuba no amanecerá siendo libre, pero sí estará un poco más cerca de lograrlo. Eso sí, el coste para la ciudadanía no será barato.

Me llevo de positivo el hecho de que en ambos casos son las élites quienes están más asustadas de sus propios gobernados, y sienten con más fuerza el tic tac del reloj que marca el conteo regresivo que al finalizar habrá dictaminado su defunción política.

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